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Aska gaitzazue salbatzaileetatik

2012/06/04
Slavoj Zizek, London Review of Books, Vol. 34 No. 11 · 7 June 2012 / Imaginatu pelikula distopiko baten irudiak gure etorkizun hurbileko gizartea deskribatuz: guarda uniformatuak zentroko kaleak ptruilatzen gauez etorkinak, gaizkileak eta arloteak ehizatzen. Aurkitzen dituztenak jipoitzen dituzte. Hollywoodeko irudimena dirudiena Grezian ari da gertatzen egun.

Por la noche, ʻvigilantesʼ de camisa negra del movimiento neofascista Amanecer Dorado, que niega que el Holocausto existiese -y que logró un 7% de los votos en las últimas elecciones; se dice que cuenta con el apoyo del 50% de la policía ateniense- han patrullado por las calles y dado palizas a todos los inmigrantes que encuentran: afganos, pakistaníes, argelinos. Así es como se defiende Europa en la primavera de 2012.

El problema de defender la civilización europea contra la amenaza inmigrante es que la ferocidad de la defensa es una amenaza mayor para la ʻcivilizaciónʼ que cualquier cantidad de musulmanes. Con defensores como estos, Europa no necesita enemigos. Hace cien años G.K.Chesterton explicaba el punto muerto en que se encuentran los críticos de la religión: “Los hombres que empiezan a combatir a la Iglesia por la causa de la libertad y de la humanidad acaban tirando por la borda la libertad y la humanidad con tal de ir contra la Iglesia... Los secularistas no han acabado con las cosas divinas; pero sí con algunas seculares, si es que les conviene”. Muchos luchadores liberales tienen tal afán por combatir el fundamentalismo antidemocrático que acaban dejando de lado la libertad y la democracia con tal de luchar contra el terror. Si los ʻterroristasʼ están dispuestos a reventar este mundo por amor a otro, nuestros luchadores contra el terror están dispuestos a acabar con la democracia por odio al musulmán. Algunos de ellos aman la dignidad humana hasta tal punto que para defenderla están dispuestos a legalizar la tortura. Esta es una inversión del proceso por el cual los paladines fanáticos de la religión empiezan atacando la cultura secular contemporánea y acaban sacrificando sus propias credenciales religiosas en su obsesión por erradicar los aspectos del secularismo que aborrecen.

Pero los defensores griegos contra la inmigración no son el principal peligro: no son más que un subproducto del verdadero riesgo, las políticas de austeridad que han provocado la crítica situación de Grecia. Las próximas elecciones en el país heleno tendrán lugar el 17 de junio. El establishment europeo nos advierte que estas elecciones son decisivas: no solo el destino de Grecia, sino quizá el de toda Europa está en juego. Un resultado determinado -el correcto, según dicen- permitiría la continuación del doloroso pero necesario proceso de recuperación. La alternativa -la victoria de Syriza, partido de ʻextrema izquierdaʼ- sería un voto por el caos, el fin del mundo (europeo) que hemos conocido.
Los profetas del apocalipsis tienen razón, pero no en el sentido que pretenden. Los críticos con nuestro sistema democrático se quejan de que las elecciones no ofrecen una elección real: lo que tenemos en lugar de eso es la opción entre un partido de centro-derecha y uno de centroizquierda cuyos programas son casi imposibles de diferenciar. El 17 de junio habrá una opción real: por un lado el establishment (Nueva Democracia y Pasok), y por el otro, Syriza. Y, como suele ocurrir cuando hay posibilidad real de elegir, el establishment tiene pánico: si se elige la opción equivocada, estallarán el caos, la pobreza y la violencia. Se dice que la mera posibilidad de una victoria de Syriza provoca olas de terror en los mercados globales. La prosopopeya ideológica está al día: los mercados hablan como si fueran personas, expresando su ʻpreocupaciónʼ ante lo que puede ocurrir si el resultado de las elecciones no es un gobierno con un mandato de perseverar en el programa de austeridad fiscal y reforma estructural. Los ciudadanos de Grecia no tienen tiempo para preocuparse de estas perspectivas: bastante tienen con preocuparse de su vida diaria, que se está haciendo cada vez más miserable, hasta un grado que no se había visto en Europa durante décadas.

Estas predicciones se cumplen a sí mismas, provocan pánico y acaban originando las realidades contra las que advierten. Si gana Syriza, el establishment europeo espera que aprendamos lo malo que es un intento de interrumpir el círculo vicioso de complicidad mutua entre la tecnocracia de Bruselas y el populismo anti-inmigrante. Por esta razón, Alexis Tsipras, líder de Syriza, dejó claro en una entrevista reciente que su prioridad, en caso de ganar las elecciones, será hacer frente al pánico: “La gente combatirá el miedo. No sucumbirá; no serán chantajeada”. Syriza tiene una tarea casi imposible. Su voz no es la de la ʻlocuraʼ de extrema izquierda, sino la de la razón que se alza contra la locura de la ideología de mercado. En su disposición de asumir el poder, han neutralizado el temor de la izquierda de hacerse con el gobierno; tienen el valor de aclarar el lío que han dejado otros. Tendrán que llevar a cabo una formidable combinación de principios y pragmatismo, de compromiso democrático y disposición de actuar de manera rápida y decisiva cuando sea necesario. Si quieren tener una mínima probabilidad de éxito, necesitarán la solidaridad de toda Europa: no solo un trato decente por parte de los demás países europeos, sino también ideas más creativas, como la promoción del turismo solidario este verano. En sus Notas para la definición de la cultura, T.S.Eliot apuntaba que hay momentos en los que la única opción está entre la herejía y la increencia: por ejemplo, cuando la única manera de mantener viva una religión es una escisión sectaria. Esta es la situación europea de hoy. Sólo una nueva ʻherejíaʼ -representada en este momento por Syriza- puede salvar lo que merece la pena del legado europeo: democracia, confianza en el pueblo, solidaridad igualitaria, etc. La Europa en la que acabaremos si se neutraliza a Syriza es una ʻEuropa con valores asiáticosʼ, lo cual no tiene, por supuesto, nada que ver con Asia, sino con la tendencia del capitalismo contemporáneo a suspender la democracia.
Esta es la paradoja que sostiene el ʻvoto libreʼ en las sociedades democráticas: uno es libre de elegir con tal de que escoja la opción correcta. Por eso, cuando se decide la opción equivocada (como cuando Irlanda rechazó el Tratado Constitucional europeo), la elección se considera como un error y el establishment exige de inmediato que el proceso ʻdemocráticoʼ sea repetido con el fin de que el error pueda ser corregido. Cuando George Papandreu, entonces primer ministro griego, propuso a finales del año pasado un referendum sobre el pacto de rescate de la eurozona, la misma idea fue rechazada como una opción falsa.

Hay dos historias principales acerca de la crisis griega en los medios: La historia germanoeuropea (los griegos son irresponsables, vagos, manirrotos, evasores de impuestos, y tienen que ser puestos bajo control, además de enseñarles lo que es la disciplina fiscal), y la historia griega (nuestra soberanía nacional está amenazada por la tecnocracia neoliberal impuesta por Bruselas). Cuando se hizo imposible ignorar el estado de necesidad del pueblo griego, surgió una tercera historia: Los griegos son presentados ahora como víctimas humanitarias que necesitan ayuda, como si una guerra o una catástrofe natural hubiese asolado el país. Mientras que las tres historias son falsas, la tercera es seguramente la más asquerosa. Los griegos no son víctimas pasivas: están en guerra con el establishment económico europeo, y lo que necesitan es solidaridad en su lucha, porque es también nuestra lucha.

Grecia no es una excepción. Es uno de los escenarios de prueba de un modelo socioeconómico nuevo de aplicación potencialmente ilimitada: una tecnocracia despolitizada en la que banqueros y otros expertos están autorizados a demoler la democracia. Salvando a Grecia de sus autodenominados salvadores, salvamos también a la propia Europa.

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