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Suelo pegajoso

22/02/2016
El 2014 cerró sus páginas con 56 mujeres asesinadas y Enero ha incrementado la cifra con otras 2 víctimas más que ya no tendrán que esperar ninguna medida gubernamental que palíe la desigualdad y la discriminación que sufrieron. Y lo peor de todo es que las perspectivas auguran tiempos poco propicios para buscar soluciones a esta barbarie.

Celia HerasCelia Heras, militante femisnista de ELA (artículo publicado en Docemiradas.net el 20 de enero de 2015)

Pero aparte de esa violencia criminal, existe otro tipo de violencia más sutil y cotidiana, que limita o neutraliza las potencialidades presentes y futuras de las mujeres. Se trata de una violencia estructural que se suele denominar “techo de cristal”, entendiendo por este término aquella barrera invisible, difícil de traspasar en la vida laboral de las mujeres que impide seguir avanzando y creciendo profesionalmente.

No hay más que leer los convenios laborales y ver quién se acoge mayoritariamente a las medidas para conciliar vida laboral y familiar.

Estando profundamente de acuerdo con ese término, a mí me gusta más “suelo pegajoso”, término al que ya se refirió Begoña Marañón en su post, y que define el gran obstáculo que nos impide lanzarnos a tener una vida laboral y personal con equidad. Por tanto, es un término que me resulta más completo a la hora de identificar las barreras, impedimentos, obstáculos que tenemos las mujeres en el sistema patriarcal.

Celia Heras Forges Ama de casaCon la crisis, las dificultades existentes para desarrollar nuestra carrera profesional, se han visto acrecentadas, pretendiendo devolvernos al ámbito privado doméstico, del cuidado de las personas. Un trabajo que siempre se ha dirigido hacia las mujeres porque parece ser que nacemos con esa “gracia”. Esto me recuerda un antiguo chiste de los años 70 de una mujer renovando su carnet de identidad y la pregunta del funcionario de turno: ¿profesión ? Y dice ella: secretaria, cocinera, camarera, limpiadora, enfermera, peluquera, planchadora, amante, madre, suegra, hija, ….. Y le dice el funcionario: no cabe todo… Responde ella: ahhh pues ponga sus labores.

Esto, que era un chiste, para nuestra desgracia era, o es, una gran verdad institucionalizada. La mayoría de las mujeres tenían de profesión “sus labores” y en este grupo entraba, como no, el cuidado de lo que hoy llamamos personas dependientes. Y aunque es una tarea digna y enriquecedora, no es lo que el sistema patriarcal establece como una carrera profesional, y mucho menos como algo para hombres.

Aunque las cosas han ido cambiando, todavía en el subconsciente colectivo permanece esa idea. No hay más que leer los convenios laborales y ver quién se acoge mayoritariamente a las medidas para conciliar vida laboral y familiar.

Los gobiernos siguen sin ver ni reconocer que los cuidados de las personas dependientes, tanto por edad como por discapacidad, son tarea tanto de hombres como de mujeres, incluido el Estado y todos sus estamentos.

Los países nórdicos que avanzan en sociedades del bienestar social, trabajan institucionalmente la igualdad entre hombres y mujeres no sólo en las empresas, también en los hogares.

Invertir en que los hombres compartan los cuidados es contribuir a que la mitad de la población no sufra la adhesividad permanente a este suelo pegajoso que limita el progreso de una sociedad en su conjunto. Un gobierno progresista y con visión lo tiene que tener claro.

Desde la sociedad civil, la plataforma PPIINA lleva tiempo concienciando, reivindicando y haciendo propuestas para lograr permisos iguales e intransferibles de nacimiento y adopción para mujeres y hombres.

El grado de escucha por parte de quienes toman decisiones en el ámbito institucional y laboral es, para nuestra desgracia, demasiado lento y en ocasiones diríamos que hasta sordo, pero eso no impide que sigamos avanzando para construir un mundo más igualitario y por tanto más justo. Nadie dijo que fuera fácil , pero al menos es ilusionante, algo con lo que el ser humano debe de convivir en estos tiempos de crisis.

Las mujeres no queremos ni morir, ni sufrir. ¡Queremos “despegar” y vivir!.