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Sherpas

13/09/2018
Debemos al lingüista Georges Lakoff –asesor en su día del Partido Demócrata americano y autor del muy citado ensayo “No pienses en un elefante”– un sugerente trabajo sobre las metáforas y su influencia en el conocimiento. Con su obra “Metáforas de la vida cotidiana” (de la que es coautor Mark Johnson) aprendimos que lejos de ser un puro artificio del lenguaje o un recurso más de la imaginación, las metáforas son esenciales para la construcción de la comunicación y del discurso.

Xabier Anza, Responsable de Formación de ELA, publicado en De Re Publica.

Ellas “impregnan la vida cotidiana, no solamente el lenguaje sino también el pensamiento y la acción”. Aplicado a la pedagogía política la obra de Lakoff nos permite entender, por ejemplo, que mediante metáforas unas generaciones militantes pueden transmitir a otras no solo la materialidad de los hechos pasados y vividos, sino también, como impregnada, la vivencia subjetiva y colectiva vivida y narrada por un grupo en un tiempo social y político dado.

Viene todo esto al caso por la manera en que el ex-secretario general de LAB, Rafa Diez, se ha referido a la declaración de Lizarra cuyo aniversario –¡20 años ya!– celebramos estos días. Dice el dirigente de Sortu –el pasado día 9 en El Correo– que “LAB y ELA fueron los sherpas de Lizarra” y que la unidad de acción sindical “sirvió de cuña” para que los partidos nacionalistas abordaran el debate sobre otro marco jurídico. Urgía, parece sugerir la metáfora, abandonar “el campo base” del estatutismo para subir la gran “montaña” del soberanismo. Una apuesta arriesgada que requiere de apoyaturas. Para ello, los partidos, “himalayistas”, precisaron de subalternos, de “sherpas”, actores secundarios de la hazaña que van abriendo camino y transportando la carga de quienes han de coronar con éxito la cima. Los sindicatos sirven así de “cuña”, a modo de pieza interpuesta cuyo ser se agota en la función de afirmar y fortalecer a los partidos llamados a la gloria.

Las metáforas de R. Diez expresan certeramente, a buen seguro, el sentir de LAB durante el tiempo que va desde febrero de 1994 (con la primera manifestación conjunta por un marco vasco de relaciones laborales) hasta septiembre de 1998. La entente sindical habría cumplido, en ese sentido, una función subalterna de sherpa y de cuña. Una función importante, pero secundaria respecto a lo que estaba en juego, a saber, que los partidos procediesen a la revisión del marco jurídico sancionado en la transición política española. Bastaría repasar la hemeroteca para concluir que, efectivamente, para el entonces secretario general de LAB, el sindicalismo abertzale debía jugar ese papel. El actual dirigente de Sortu ha sido siempre fiel a esa idea, y sigue siéndolo. Tanto que el pasado 19 agosto (en el Diario Vasco) se lamentaba diciendo que el sindicalismo abertzale “no existe ya como sujeto político” responsabilizando a ELA de mantener una actitud de “mero analista observador sin una praxis coherente”. ¿No coherente con qué? No coherente con el hecho de que “hemos sacado el proceso del andén y lo hemos situado otra vez en los raíles”. Así, ahora, el proceso soberanista no es una montaña sino un tren, cuyas máquinas son el acuerdo de bases entre PNV y EH-Bildu, así como Gure Esku Dago y Demokrazia Bai!, unidos para “avanzar y construir un horizonte colectivo de país que provoque ilusión, tras un tiempo de mera gestión del autonomismo”.

Para ELA, la unidad de acción tiene –debería haber tenido– intereses y horizontes propios, no subordinados a las aspiraciones de las fuerzas políticas.

Decía que esas metáforas –la himalayísticas y las ferroviarias– expresan probablemente bien el sentir de LAB o la izquierda abertzale en relación con Lizarra y en general con el proceso soberanista. Pero no tienen por qué acertar en la manera en que otros agentes, como puede ser ELA, lo ha vivido. De hecho no lo hacen en absoluto. Y no lo hacen por una razón fundamental: porque para ELA la unidad de acción con LAB no ha sido nunca una cuestión instrumental o subalterna respecto a algo pretendidamente superior. Para ELA, la unidad de acción tiene –debería haber tenido– intereses y horizontes propios, no subordinados a las aspiraciones de las fuerzas políticas.

Esa unidad sindical se escenificó por primera vez en febrero de 1994, para reclamar el marco vasco de relaciones laborales, referencia clave de un sindicalismo de nación sin estado que aspira a un instrumental mínimo para la protección de la clase trabajadora. Y no es baladí que esa referencia venga siendo combatida sin piedad por uno de los protagonistas políticos principales del nuevo artefacto ferroviario: el Partido Nacionalista Vasco a través del gobierno de Gasteiz.

En los meses que siguieron a Lizarra hubo tres episodios bien jugosos y clarificadores para la mayoría sindical: el primero fue la aprobación de los presupuestos de Ibarretxe con el apoyo de la izquierda abertzale, que relativizó las políticas neoliberales en aras de la misma hipótesis ferroviaria-himalayista, siendo Rafa Diez, por cierto, parlamentario de Euskal Herritarrok; el segundo fue la huelga general de mayo, impulsada por ELA y LAB y multitud de sindicatos y movimientos sociales para arrancar al gobierno las 35 horas y el salario social, cuyo fruto más visible y permanente ha sido la actual RGI, también en el punto de mira hoy por jeltzales y socialistas; y el tercero fue la frustrante reunión de ELA y LAB en Mallabia, en la que ELA plantea una discusión a LAB para los tiempos venideros en torno a tres cuestiones clave: la caja de resistencia y la negociación colectiva; la voluntad de no trasladar la división sindical a Iparralde y la posibilidad de una referencia de pensamiento compartida. El resultado de ese debate ha sido bien explicado por German Kortabarria en su libro “Gauzak horrela (ere) izan ziren” (“No pudimos ser amables”, en su versión castellana). Puedo compartir con Rafa que la declaración de Lizarra fue un momento álgido de la unidad de acción sindical, pero creo también que, lamentablemente, fue el origen de su declive, en forma de una crisis que hoy día sigue sin superarse, precisamente por la incapacidad de avanzar en cuestiones estratégicas como las que se plantearon en Mallabia (sin perjuicio de otras que podían haberse planteado) unida a los códigos que deberían presidir la relación entre sindicatos y partidos de izquierda.

Lizarra, creo, fue un “acontecimiento”, y lo fue también en el sentido que Badiou lo entiende: no un puro evento más o menos importante, sino la emergencia de una verdad que rompe con el orden establecido y crea nuevos actores que tratarán de transformar la situación.  Por eso la ruptura de Lizarra decretada por ETA fue un enorme error: no por lo que Poltrónides (que diría Irigoien) no hizo, sino por lo que Potrónides impidió desarrollar a los suyos. Pero reeditar ahora aquello que acabó en tragedia, bien podría convertirse en una farsa. Porque el tiempo también ha clarificado el papel social y nacional de los presuntos alidados.  Hay que sacar conclusiones políticas de lo que ha sido la crisis económica y social del 2008-2015, las políticas de austeridad vascas pactadas con el gobierno español, la crisis catalana y la del estado, y sobre todo hay que escuchar lo que los jeltzales dicen con meridiana claridad. Y lo que hacen, claro, sobre todo lo que hacen, también al sindicalismo vasco.
Quizá debamos esperar otro acontecimiento. Quizá no. En cualquier caso, tenemos derecho a pensar, sin que nos insulten, que la apuesta ganadora en el soberanismo quizá no sea este nuevo orden que parece establecerse… ni este andén, ni estos trenes.