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¿Se ha vuelto la izquierda reformista?

30/12/2013
Traemos aquí un capítulo del libro de Marta Harnecker "Reconstruyendo la Izquierda". ¿Una izquierda que privilegia lo institucional es necesariamente reformista?; ¿una izquierda que rechaza lo institucional y plantea salidas muy radicales es necesariamente revolucionaria?; ¿ser partidario de avanzar por la vía de las reformas es hoy ser reformista?

Marta HarneckerReconstruyendo la Izquierda, Marta Harnecker (el libro entero aquí)

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El hecho de que crecientes sectores de la izquierda latinoamericana hayan privilegiado en los últimos años los espacios institucionales ¿significa que mayoritariamente esta izquierda se ha vuelto reformista?

Para responder a esa pregunta debemos responder previamente otras: ¿una izquierda que privilegia lo institucional es necesariamente reformista?; ¿una izquierda que rechaza lo institucional y plantea salidas muy radicales es necesariamente revolucionaria?; ¿ser partidario de avanzar por la vía de las reformas es hoy ser reformista?

El mayor peligro –quizá el único- para el verdadero revolucionario es exagerar el revolucionarismo, ignorar cuáles son los límites y condiciones en que los métodos revolucionarios son adecuados y eficaces

Para empezar, me parece importante reflexionar sobre lo que escribiera un autor hace ya décadas: el mayor peligro –quizá el único- para el verdadero revolucionario es exagerar el revolucionarismo, ignorar cuáles son los límites y condiciones en que los métodos revolucionarios son adecuados y eficaces. Estas no son palabras de un socialdemócrata, son palabras de un revolucionario, nada menos que de Lenin, quien continúa así desarrollando su idea: Casi todos los revolucionarios auténticos fracasaron cuando se pusieron a escribir la palabra “revolución” con mayúscula, a elevar la “revolución” a algo casi divino, a perder la cabeza y la capacidad de reflexionar, analizar y comprobar con la mayor sensatez y calma en qué momento, en qué circunstancias y en qué esfera de acción se debe actuar de modo revolucionario y en qué momento, en qué circunstancias y en qué esferas es preciso pasar a la acción reformista.

a)      Distinción entre reforma y revolución

El problema no es decir sí o no a las reformas, sino examinar cuándo es conveniente luchar por reformas y cómo se pueden obtener de ellas frutos revolucionarios.

La distinción entre reformistas y revolucionarios no siempre es fácil, porque –como dice Norberto Bobbio- no siempre las reformas son propugnadas para evitar la revolución, ni la revolución está necesariamente ligada al empleo de la violencia. Cuando las posiciones son desarrolladas hasta sus últimas consecuencias es más fácil distinguirlas, pero la práctica política cotidiana es mucho más difícil.

De hecho los iniciadores del marxismo siempre estuvieron a favor de la lucha por las reformas aunque sabían que éstas producen cambios que no privan del poder a las clases dominantes.

El problema no es decir sí o no a las reformas, sino examinar cuándo es conveniente luchar por reformas y cómo se pueden obtener de ellas frutos revolucionarios.

Me parece que la mejor definición es aquella que designa como reformistas a los que mediante las reformas buscan perfeccionar el actual orden existente y como revolucionarios aquellos que, al impulsar las reformas, luchas, al mismo tiempo, por modificarlo profundamente

Concluyendo, ni el uso de la violencia, por una parte, ni el uso de las institucionalidad y la promoción de reformas, por otra, pueden ser criterios para establecer una línea de demarcación entre revolucionarios y reformistas.

¿Qué criterio usar entonces?

Me parece que la mejor definición es aquella que designa como reformistas a los que mediante las reformas buscan perfeccionar el actual orden existente y como revolucionarios aquellos que, al impulsar las reformas, luchas, al mismo tiempo, por modificarlo profundamente, cambio que no puede producirse una ruptura con el orden anterior.

b)      Condiciones para que la lucha institucional cumpla objetivos revolucionarios

Pero, ¿cómo detectar si una práctica política que emplea las reformas y la vía institucional es reformista o revolucionaria, sobre todo cuando las auto-declaraciones sirven cada vez menos en política?

Propongo los siguientes criterios para apreciar como revolucionaria esta práctica política:

Primero: si las reformas que se propician van acompañadas por un esfuerzo paralelo por fortalecer al movimiento popular, de tal modo que sectores crecientes del pueblo se organicen e incorporen a la lucha.

Segundo: si se obtienen resultados pedagógicos del accionar institucional de la izquierda. Una campaña electoral, por ejemplo, puede ser un excelente espacio para la educación popular, siempre que se oriente expresamente a aumentar el grado de conciencia del pueblo sobre cuestiones políticas más importantes; pero puede limitarse también a un mero ejercicio de marketing, lo que en lugar de elevar la conciencia desorienta o simplemente no agrega nada a la amduración popular.

Tercero: mostrar una práctica política diferente, que impida que se confunda la actuación de la izquierda con la de los partidos tradicionales, y que refleje, al mismo tiempo, un esfuerzo por señalar los límites de las instituciones actuales y la necesidad de transformarlas evitando crear ilusiones de que por la vía de las reformas se van a poder resolver los problemas que exigen soluciones revolucionarias.

Coincido con Carlos Vilas en que el desafío a que se enfrentan las organizaciones que en el pasado recurrieron a la vía armada o a  intensas confrontaciones políticas, se refiere a su capacidad y voluntad de mantener las propuestas de cambio profundo en el nuevo escenario institucional. Un escenario que exige adaptaciones en los estilos, los ritmos y las estrategias, pero que en principio no debería involucrar cambios en las concepciones sustantivas o en los alcances de las propuestas alternativas […].

Inflexiones reformistas

Algunos elementos que servirían, por el contrario, de indicadores de desviaciones de tipo reformistas serían:

Primero: tendencia a moderar los programas e iniciativas sin acompañarlas con la formulación de propuestas políticas alternativas al presente orden de cosas, usando el argumento de que la política es el arte de lo posible, que ya examinamos anteriormente.

Segundo: apelación a la “responsabilidad” y la “madurez” de los dirigentes sindicales y del movimiento obrero en vez de invertir fuerza y tiempo en fomentar la rebeldía y el espíritu de lucha. Tratar de encauzar siempre su accionar hacia el terreno de las negociaciones y componendas en las cúpulas, evitando las movilizaciones combativas con el pretexto de no trabar el funcionamiento de los aparatos del Estado ni hacer peligrar la democracia tan duramente reconquistada.

como dice Carlos Vilas: lejos de impulsar a una búsqueda creativa de alternativas, actúa más bien para bloquearla y adaptar el contenido y los alcances de los proyectos de cambio al espacio tolerado por el sistema institucional […]

Tercero: tendencia a ocupar pasivamente las instituciones existentes, sin luchar por modificarlas y cambiar las reglas del juego.