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¿Qué trabajos para qué sociedad?

27/01/2014
Ha llegado la hora de hablar sobre la distribución y valoración de los trabajos, de las condiciones deplorables en las que se desarrollan, y, dando un paso más, en una sociedad donde se le dedican tantos esfuerzos y energías, hay que preguntarse qué sentido tienen los trabajos que hacemos, qué nos aportan y si son indispensables o no. Tipos de trabajos que también reflejan qué modelo de sociedad estamos alimentando, defendiendo o por el que nos estamos dejando arrastrar, con distintos niveles de conciencia. Hemos publicado este libro para reflexionar sobre el tema.

Que trabajos para que sociedadDocumentos 27Documentos 27: ¿Qué trabajos para qué sociedad? (pinchar aquí para acceder al libro completo)

Estos textos fueron publicados originalmente por la editorial Akal en 2013
en la obra titulada Qué hacemos con el trabajo

Partiendo de que nuestro tiempo es finito, nuestra vida es una, nuestro planeta –hasta donde conocemos– único también, ¿merece la pena agotarlos en la producción y consumo de objetos y servicios superfluos? Los muchos ejemplos con que nos topamos todos los días, triviales, increíbles a veces, se ven magnificados, por poner un ejemplo, en la producción de armas que vendemos a otros países a los que luego pretendemos «pacificar» mediante el uso de otras armas. La gama que recoge la Clasificación Nacional de Actividades Económicas nos devuelve el reflejo de un conjunto de acciones que, analizadas desde una perspectiva integradora, no están haciendo de esta sociedad un lugar habitable para todas y todos.

Como sociedad tenemos la responsabilidad ética de orientar nuestros esfuerzos a la generación de condiciones que nos permitan «vivir bien»

Sin perder de vista que continuamos desempeñando trabajos para atender necesidades básicas –algunas ilegítimamente encarecidas, como la vivienda, que actualmente se lleva un promedio de más del 50% de nuestros salarios netos– y que, para colmo, aluden a derechos que deberían estar garantizados independientemente de la participación en el mercado laboral, como sociedad tenemos la responsabilidad ética de orientar nuestros esfuerzos a la generación de condiciones que nos permitan «vivir bien».

Se llame bienestar, buen vivir, una vida que merezca la pena ser vivida, el bien común, etc., debe responder a un pacto social en el que todas las partes se impliquen, definan y acuerden qué modelo quieren, respetando criterios éticos de justicia, equidad y sostenibilidad –pero en un sentido profundo, no a modo de declaración de intenciones que llenan los discursos y políticas estériles de nuestro contexto–. Fruto de esta reflexión y negociación deberían definirse qué trabajos son los adecuados para lograr dicho modelo y cuáles deben priorizarse, repartirse y llevarse a cabo. Muy probablemente tendríamos que dar ese reconocimiento a actividades hoy en día marginadas por la economía oficial. Al mismo tiempo seríamos conscientes de aquellos trabajos que pueden suponer un montón de horas y esfuerzo (o no), como los notarios, que están sobradamente remunerados y muy reconocidos socialmente y que serían fácilmente cuestionables por su necesidad real.

Fruto de esta reflexión y negociación deberían definirse qué trabajos son los adecuados para lograr dicho modelo y cuáles deben priorizarse, repartirse y llevarse a cabo

A ese respecto nos preguntamos también por los puestos de asesores de ministerios, diputaciones, ayuntamientos y un largo etcétera, designados a dedo. O, por otra parte, alguien nos podría decir para qué crear un puesto de taquillera de metro si es posible instalar una máquina y ahorrarse los gastos de contratación, seguridad social, vacaciones, bajas, etc. Son muchos los factores que hemos de tener en cuenta a la hora de valorar si un trabajo es necesario, prioritario, superfluo o sustituible.

Podría decirse que ya tenemos un sistema donde decidimos sobre este tipo de cuestiones fundamentales –y que se llama «democracia representativa»– o que es imposible hacer borrón y cuenta nueva a estas alturas del partido. Sin embargo, no es sostenible ni admisible mantenernos en este chantaje social de entregar nuestro tiempo, nuestra vida, a cambio de sobrevivir, y menos hacernos creer que nos hallamos en un Estado de derecho.

Este tipo de decisiones tienen que estar en nuestras manos, en manos de la ciudadanía y no en las de unos pocos que sólo piensan en su propio beneficio

Tampoco es sostenible a nivel planetario, como bien nos indican los análisis ecologistas. Y desde luego, como sociedad, tenemos la capacidad de darle la vuelta, hacer saltar los cánones establecidos que sean injustos y redibujarlos. Como no siempre hemos vivido bajo este régimen económico, podemos plantearnos el vivir de otra manera. Este tipo de decisiones tienen que estar en nuestras manos, en manos de la ciudadanía y no en las de unos pocos que sólo piensan en su propio beneficio.

Como sugeríamos anteriormente, rompamos con ciertas prisiones conceptuales dominantes –incluso dogmáticas– para tener otro acercamiento a la realidad. Ni el PIB ni la prima de riesgo miden el bienestar de las personas. El crecimiento económico puede basarse, y de hecho se basa –aunque no se diga–, en la producción de armas y de guerras, en el recrudecimiento de las condiciones laborales que derivan en suicidios, en la construcción de urbanizaciones donde antes había parques naturales que quizá alguien incendió, o en el consumo desaforado de ansiolíticos por parte de las amas de casa.

Una población sana que no consuma tantos medicamentos no aumenta el PIB, tampoco la paz como bien global pues no hay un intercambio monetario ¿podemos, entonces, seguir utilizando este indicador para medir el nivel de vida?

Una población sana que no consuma tantos medicamentos no aumenta el PIB, tampoco la paz como bien global pues no hay un intercambio monetario ¿podemos, entonces, seguir utilizando este indicador para medir el nivel de vida? El PIB podrá seguir creciendo o no. Mientras, las condiciones de vida se resienten y quienes miden la riqueza del país no cuentan con ello. La escala de valor que nos han impuesto nos aleja de nosotros mismos y nos quiere hacer creer que hay que trabajar más –en lo que sea y como sea– para estar mejor y para ser mejores y de esa manera salir de la crisis.

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