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NAVARPLUMA. Un camino sin vuelta atrás

28/10/2019
Han demostrado la dignidad del grupo con más de una acción. Le han demostrado al empresario que no tienen miedo, y que son capaces de exigir lo que les corresponde. Han conseguido ser respetados en la fábrica. Y han emprendido un nuevo camino: “Han marcado un camino sin vuelta atrás”. El noveno ejemplar de la colección Izan Ta Esan, donde los y las trabajadoras de Navarpluma consiguieron una ejemplar victoria sindical.

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Del miedo a la solidaridad

Cuando el trabajo se convierte en sinónimo de precariedad e incluso de esclavitud, el valor se acelera. Eso es precisamente lo que ha necesitado el personal de Navarpluma para llevar su lucha hasta el final. En febrero de 2019 iniciaron una huelga indefinida, y la finalizaron 41 días más tarde. Tantos días de protesta frente al centro de trabajo no pasan desapercibidos. Se hacen largos. La plantilla de Navarpluma tuvo que enfrentarse al frío, a la lluvia y a los desprecios de sus superiores. En total son 38 trabajadores y trabajadoras, y fue un grupo de diecisiete el que luchó para recuperar la dignidad de sus puestos de trabajo.

Las amenazas, la supervisión excesiva, los despidos improcedentes, las sanciones injustificadas, los recortes inexplicables... fueron las razones que hicieron que el ánimo de los y las trabajadoras explotara.

Los y las trabajadoras, aquellas que trabajan durante horas para ganarse el pan, vieron una necesidad clara: pasan demasiadas horas en un puesto de trabajo casi sin derechos. Día sí y día también. Con miedo a quejarse y sin recibir lo que les corresponde. Olivier Martin, director de la empresa Navarpluma, empleó con frecuencia la estrategia del miedo para que su plantilla no se atreviera a hacer nada. Y durante muchos meses la estrategia le resultó efectiva. El personal se limitaba a hacer su trabajo, y seguía con sus vidas, con la cabeza gacha, casi sin cruzar ni media palabra con los demás. Pero eso no podía durar eternamente, y este caso, como en otros tantos, la situación explotó.

Las amenazas, la supervisión excesiva, los despidos improcedentes, las sanciones injustificadas, los recortes inexplicables... fueron las razones que hicieron que el ánimo de los y las trabajadoras explotara. Se dieron cuenta de que la situación no les afectaba de manera individual, sino que se trataba de una situación colectiva. Eso les animó reunirse, hablar y unir fuerzas para revertir aquella situación insostenible. La mánager de la empresa fue uno de las detonantes que les llevó a dar un paso al frente. Entró a formar parte de la empresa en 2013 y ordenó precarizar las condiciones de trabajo: suprimió el plus de los turnos de noche, bajó los sueldos, dejó de pagar los incentivos de producción, denegó licencias, suprimió vacaciones... He aquí un ejemplo práctico de lo que pasó con la llegada de Vialle: una trabajadora llegó a cobrar 800 euros menos en cuatro años, es decir, si cuando empezó a trabajar tenía un sueldo de 1.800 euros, cuatro años más tarde y con la excusa de la crisis, llegó a recibir un sueldo de 1.000 euros mensuales.

La estrategia del miedo tuvo un gran impacto, y decidieron llevar a cabo las primeras reuniones en secreto hasta que se dieron cuenta de que ese era el camino a seguir y que la mayoría de los y las trabajadoras se unieron a su causa.

Los tres delgados de Navarpluma afiliados al sindicato ELA, Momar Diop, Amadou Diop y Felix Gonzalez, recuerdan los primeros días fueron muy duros. La estrategia del miedo tuvo un gran impacto, y decidieron llevar a cabo las primeras reuniones en secreto hasta que se dieron cuenta de que ese era el camino a seguir y que la mayoría de los y las trabajadoras se unieron a su causa. Comenzaron las conversaciones, y tuvieron la ocasión de empezar a conocerse. No tardaron en dar el primer paso: dejar de lado el miedo y empezar a luchar con lo que tenían a su alcance. En total son 38 trabajadores y trabajadoras, pero han sido diecisiete los y las que han luchado durante 41 días: hizo huelga el personal de la fábrica, de limpieza y del laboratorio, no así los el de las oficinas y el cercano a la dirección. De hecho, el último grupo no secundó la huelga, ni siquiera como forma de reclamar dignidad.

Antes de arrancar la huelga el 1 de febrero, el personal pasó varios meses reuniéndose y analizando la situación. Dejaron claras sus exigencias desde el principio. No se trataba únicamente del sueldo. Había que dignificar sus condiciones laborales: disponer de calendarios fijos, conseguir material de trabajo adecuado, delimitar las funciones de cada uno, poder utilizar herramientas adecuadas... no se trataba solo de cuestiones económicas. Una vez concretadas las reivindicaciones, intentaron reunirse con el equipo directivo, pero no obtuvieron respuesta. No quisieron escuchar las peticiones,
los planes ni los deseos de la plantilla. Solo quedaba la huelga indefinida.

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