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La serie Black Mirror es un recordatorio urgente de las fatales consecuencias de la pérdida de empatía

28/10/2016
Casi todo ser humano tiene la capacidad de empatizar. Pero ¿qué sucede cuando ya no vemos a un grupo específico como humano? La injusticia se vuelve menos tolerable si las víctimas son seres humanos en lugar de las cucarachas. La deshumanización conduce en el mejor de los casos a tolerar el sufrimiento, y en el pero de los casos a tolerar el asesinato

Owen Jones, The Guardian 2016/10/28

Casi todo ser humano tiene la capacidad de empatizar. Toda persona tiene el potencial de al menos perturbarse, o de sentir genuina angustia, por el sufrimiento de otros seres humanos. Somos conscientes de que, al igual que nosotros, los demás humanos tienen inseguridades y ambiciones; nos enamoramos y tenemos relaciones que terminan en angustia; nos preocupamos por el bienestar de nuestros hijos; decimos cosas que lamentamos; a veces también nos quedamos despiertos por temores o preocupaciones; y tratamos de impresionar a la gente que admiramos. Vemos cosas en los demás que vemos en nosotros mismos, y que nos une. Pero ¿qué sucede cuando ya no vemos a un grupo específico como humano?

En Hombres contra incendios - el penúltimo episodio de la extraordinaria nueva temporada de Black mirror de Charlie Brooker - soldados son enviados a segar con colmillos, zombis que chillan como"cucarachas". Disfrutan sacrificándolos: incluso obtienen placer sexual por hacerlo. Sin embargo, las víctimas son en realidad seres humanos. Resulta que los soldados tienen un implante que - por lo que pueden ver - transforma sus desesperados objetivos civiles en monstruos espeluznantes que no merecen compasión. Tal y como un psiquiatra militar le dice a un soldado afligido al descubrir la verdad: "Los seres humanos son verdaderamente empáticos como especie. No queremos matarnos uno al otro, lo cual es bueno, hasta que tu futuro depende de aniquilar al enemigo ".

A medida que el campo de refugiados de Calais arde, son pocos los que desean matar a los que huyen de la guerra, la persecución o la dictadura. Pero es inútil pretender que hay mucho apoyo a la causa de los refugiados. Como grupo su humanidad se les ha sido arrebatada sistemáticamente. No son como usted, o su familia, o sus vecinos. Más bien se les ve como una mancha colectiva compuesta por criminales defraudadores sin rostro, violadores y asesinos potenciales que roban casas, empleos y recursos. Si creyéramos que son como nosotros o nuestros hijos, no toleraríamos sus ahogamientos masivos en el Mediterráneo.

El año pasado Sky News tuiteó acerca de un inmigrante que "murió cuando trataba de llegar a Gran Bretaña a través del túnel de la Mancha en un tren de carga". Las respuestas no eran representativas de la mayoría decente: eran sentimientos extremos, pero no obstante, instructivos. "Lo siento, pero ¿tenemos que sentir pena por estos criminales?", preguntó uno. "Bueno, uno menos que chupará de la economía británica; no tengo simpatía por ellos”, dijo otro. Uno se partía el eje: “Casi lo consigue… ¡¡Apuesto que quedó hecho trizas!!”. Otros fueron más al grano; un simple “bien” les bastó.

Siempre es reconfortante imaginar que aquellos que expresan tal crueldad – sin hablar de quienes la infligen - son psicópatas. Sin embargo éstos no son psicópatas que constituyen una pequeña fracción de la población. Y hay una diferencia significativa entre celebrar la muerte de un desconocido en Twitter y matarlo uno mismo.

Pero la verdad es que gran parte de la violencia de nuestra historia manchada de sangre no ha sido infligida por personas incapaces de empatizar. Atrocidades han sido cometidas por personas que, en otros escenarios, ayudarían a un pensionista a cruzar la calle, sonríen cariñosamente al bebé de un desconocido en un vagón de tren, o ayudan a una persona en apuros que no conocían.

En las guerras balcánicas de la década de 1990, vecinos, colegas, incluso amigos, se mataron entre sí. No importaba quiénes eran: eran miembros de un grupo que, según se cree, suponían una amenaza existencial para la propia comunidad de los asesinos. El colonialismo occidental se basaba en despojar de humanidad a los sujetos coloniales. Pseudo-científicos y antropólogos desarrollaron teorías que decían que los Africanos eran innatamente inferiores a las personas de origen europeo. Hasta 1967, los indígenas australianos eran regulados por la ley del país como "flora y fauna": eran oficialmente vida silvestre, como el canguro. La opinión pública británica no habría tolerado las evitables hambrunas que posiblemente mataron a decenas de millones de personas en la India, si el público hubiera creído que los indios eran como ellos.

En la década de 1930, el nazismo se apoderó de Alemania, una nación considerada como una de las más civilizadas y cultas en la Tierra. Despojar de humanidad a judíos, eslavos y otros "indeseables" era una condición previa para asesinarlos. En la ciudad polaca de Poznan, en octubre de 1943, Heinrich Himmler confirmó oficialmente el Holocausto nazi. "Hay que ser honestos, decentes, leales y fraternales con los miembros de nuestra propia sangre, y con nadie más", declaró.

Hoy en día, no hay ningún intento sistemático industrializado para exterminar a millones de personas, pero cientos de miles de personas han muerto en campos de la muerte en Siria, y la ONU reconoce el asunto de los Yazidis como genocidio. Nuestra oscura historia está llena de recordatorios de los extremos lógicos de la deshumanización. Como neurocientífica social, Tania Singer Tania lo describe de esta manera: “la capacidad natural de empatizar puede ser fácilmente bloqueada - no sólo en los psicópatas – sino en todos nosotros: simplemente por pensar que alguien ha sido injusto o no pertenecer a 'nuestra tribu'". Este es un tema que me preocupa constantemente porque la corrupción de la humanidad compartida está en el corazón de la injusticia.

También proporciona pistas sobre cómo podemos responder. Lingüistas políticos han argumentado que la derecha a menudo en el debate utiliza las historias como argumento, mientras que la izquierda recurre a hechos y estadísticas. Pero somos seres humanos, no máquinas. Tomemos la crisis de refugiados. ¿Qué es lo que, al menos momentáneamente, ha hecho cambiar la actitud? Fue la aparición de un niño kurdo, Alan Kurdi, muerto en una playa de Turquía. De repente, los refugiados volvían a ser humanos: como los niños que juegan a  fútbol en tu calle.

En Gran Bretaña, durante mucho tiempo los solicitantes de prestaciones han sido sometidos a una demonización implacable. A menudo recuerdo el caso de Stephen Taylor, de 60 años de edad, veterano del ejército a quien le retiraron la prestación por no estar buscando trabajo de forma activa. En lugar de eso, era voluntario de la Real Legión, recaudando dinero para ex compañeros heridos. Es una historia que siempre provoca cabreo: sin embargo, no lo hace mencionar los cientos de miles de personas que han perdido sus prestaciones.

Del mismo modo, tampoco funciona responder a una historia del Daily Mail acerca de un "gorrón" de las prestaciones sociales que vivía por todo lo alto, con las propias estimaciones del gobierno sobre el fraude en las prestaciones (el 0,7% del gasto en seguridad social). La historia triunfa sobre la estadística.

La injusticia se vuelve menos tolerable si las víctimas son seres humanos y no cucarachas. La deshumanización conduce en el mejor de los casos a tolerar el sufrimiento, y en el peor de los casos, a tolerar el asesinato. La restauración de nuestra humanidad compartida no es fácil, entre otras cosas porque poderosos intereses -desde los medios de comunicación hasta los políticos– tratan de debilitarla constantemente. Pero es la única esperanza para un mundo lleno de problemas.