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La economía feminista

21/05/2015
La economía feminista es una corriente de pensamiento socioeconómico que incorpora al análisis económico el estudio de las desigualdades de género. Para ello, parte del reconocimiento de que las personas somos seres interdependientes y necesitados de múltiples cuidados. Desde esa perspectiva, esta corriente apuesta por visibilizar y valorizar el trabajo no remunerado como medio para reflexionar sobre el papel que el género juega en la economía, proponiendo ideas y herramientas con vocación de transformar la realidad.

Eba Armendariz, Economistas sin fronteras

La economía feminista es una corriente de pensamiento económico en construcción que cuestiona algunos de los conceptos de la economía ortodoxa; surge con la idea de complementar otros enfoques a través de la inclusión de la perspectiva de género para dar una imagen más completa, y más ajustada, de la realidad del actual sistema socioeconómico. Los diferentes enfoques que conviven en la misma, más y menos críticos, han ido desarrollando en las últimas décadas conceptos y herramientas que abren la reflexión sobre los límites de lo que es economía y de lo que es trabajo, y sobre el papel que el género juega en la economía. Detrás de ello, un compromiso de aglutinar el trabajo de la academia y el de los movimientos sociales y de no quedarse únicamente en el plano teórico sino de transformar la realidad.

Los economistas cuando hablamos de trabajo hemos pasado a hablar en realidad de "empleo", de actividad laboral remunerada, de aquellos trabajos que suponen un intercambio en el mercado, invisibilizando "los otros" trabajos: el trabajo doméstico y de cuidados

En su artículo "La economía del cuidado: planteamiento actual y desafíos pendientes", la economista Cristina Carrasco plantea que "si se pregunta a diversas personas cuya profesión no sea la economía por la definición del concepto de trabajo, lo más probable es que las respuestas no sean fáciles e inmediatas y, además, se obtenga una variada gama de posibilidades que abarquen aspectos tales como actividad, tiempo, energía, cansancio, dinero, necesidades, reproducción, subsistencia, etc. Pero, si el mismo ejercicio se realiza con estudiantes de economía que lleven cursada la mitad de la carrera, entonces lo más probable es que, sin lugar a muchas dudas, la respuesta sea rápida y precisa: trabajo es toda actividad que se intercambia por dinero". Los economistas cuando hablamos de trabajo hemos pasado a hablar en realidad de "empleo", de actividad laboral remunerada, de aquellos trabajos que suponen un intercambio en el mercado, invisibilizando "los otros" trabajos: el trabajo doméstico y de cuidados.

Los economistas clásicos, que tenían como objeto de estudio la producción, reconocían de manera indirecta la contribución del trabajo doméstico y de cuidados al proceso de reproducción social.

Esta visión, que ahora asumimos con naturalidad, se ha ido forjando a lo largo de la historia. Los economistas clásicos, que tenían como objeto de estudio la producción, reconocían de manera indirecta la contribución del trabajo doméstico y de cuidados al proceso de reproducción social. Será la escuela neoclásica la que cambie esta perspectiva, ya que, al centrarse en el estudio del mercado y de los agentes económicos, reemplaza las ideas basadas en las necesidades de subsistencia, las condiciones de reproducción, los costes de la fuerza de trabajo y la doctrina del fondo de salarios por la teoría de la utilidad y la productividad marginal donde toda relación social y todo proceso económico se reduce a la relación salarial (Picchio 1992).

De esta forma, en la teoría neoclásica el protagonista de la economía pasa a ser el "homo economicus", un hombre solo, sin niñez ni vejez, racional, bien informado, que persigue únicamente su interés propio, que es autosuficiente, no depende de nadie y nadie depende de él, sin responsabilidades, sin influencia sobre el medioambiente; que resuelve todos sus problemas de manera óptima interactuando en un mercado ideal, constituyendo los precios su medio de comunicación. Un hombre plena y permanentemente disponible para las necesidades de las empresas para las que trabaja.

Y es así como, al tenerse en cuenta únicamente aquello que sucede en el mercado, se produce una separación entre lo económico –la esfera pública– y lo que no se considera económico –la esfera privada–, desapareciendo así de la escena económica todos aquellos trabajos realizados en el ámbito del hogar, los comunitarios o los realizados a través del voluntariado o la participación ciudadana.

Las personas no vivimos ni solas ni somos independientes, vivimos en sociedad y nos necesitamos las unas a las otras. A lo largo de todo nuestro ciclo vital requerimos de otros que nos proporcionen cuidados

¿Cuáles son las implicaciones de este cambio de enfoque? Todos estamos de acuerdo en que el homo economicus puede resultar de gran utilidad para modelar, pero dista mucho de parecerse a las personas que habitan la faz de la tierra. Las personas, incluso cuando decimos que lo hacemos, no vivimos ni solas ni somos independientes, vivimos en sociedad y nos necesitamos las unas a las otras. A lo largo de todo nuestro ciclo vital requerimos de otros que nos proporcionen cuidados; en la niñez y en la vejez, pero también cuando estamos enfermos o pasamos por problemas de cualquier índole necesitamos que nos cuiden tanto física como psicológicamente.

La economía ortodoxa parece olvidar que somos seres vulnerables e interdependientes, entre nosotros y también con la naturaleza (ecodependientes). Dado el importante rol que los hogares cumplen, la economía feminista los introduce, junto a los mercados y al Estado, como otra institución económica más, ya que, además de consumir, los hogares producen. Es más,

"los hogares son el ámbito donde se toman las decisiones económicas primarias y donde en última instancia se ajustan todos los procesos de forma que adquieran sentido económico, esto es, que sostengan vida(s)" (Pérez Orozco, 2014).

En los hogares los insumos adquiridos en el mercado se transforman en alimentos elaborados y se desarrollan las capacidades personales que serán utilizadas en los procesos productivos, facilitando tanto material como psicológicamente la adaptación y absorbiendo las tensiones que se generan. Por lo tanto, los procesos productivos que se desarrollan en el hogar son imprescindibles para que los productos y servicios adquiridos en el mercado "sirvan", para que los trabajadores estén plenamente disponibles para la empresa (cual homo economicus), y para que estos se reproduzcan. Al invisibilizar estos procesos, el sistema económico actual estaría eludiendo las responsabilidades sobre las condiciones de vida de la población y, en última instancia, de la reproducción de la fuerza de trabajo que el propio sistema necesita para funcionar.

Resulta muy útil la metáfora del iceberg para analizar el sistema económico incluyendo todas las esferas socioeconómicas necesarias para que funcione. La parte visible representaría la economía monetizada cuyos actores (sector público estatal y privado mercantil) actúan en el ámbito de lo público. La parte bajo el agua representa la parte no monetizada, el ámbito de lo privado en el que se realizan los trabajos domésticos y de cuidados. Esta metáfora pone de manifiesto, por un lado, que, para mantenerse a flote, el sistema económico actual necesita de los procesos de trabajo que se realizan fuera del mercado, ya que son estos los que garantizan su mantenimiento y sostenibilidad; por otro, que su invisibilización no es casual, sino necesaria y, por último, que ambas partes tienen que entenderse como un conjunto y que es imposible escindir una de la otra. Es necesario pensar en el sistema como un todo.

Por lo tanto, la responsabilidad de todos los trabajos relacionados con los cuidados, que permiten que el sistema funcione, acontece en el ámbito de lo privado y recae fundamentalmente sobre las mujeres. Un ámbito que, en términos generales, no se rige ni por la política ni por las leyes, sino por la moral, y que carece de reconocimiento social.

Desde las diferentes corrientes de la economía feminista se apuesta por visibilizar lo invisibilizado, porque la invisibilidad supone que estos trabajos no estén remunerados, no se midan, que no se estudien ni se tengan suficientemente en cuenta en el diseño de políticas públicas. Significa también que los sujetos que allá se encuentran no generen derechos, como lo harían en la esfera de lo remunerado, ni puedan presentar como colectivos los problemas que afrontan, quedando así relegados al ámbito de lo privado.

La economía feminista amplía la visión socioeconómica del mundo integrando todos los trabajos necesarios para la subsistencia, el bienestar y la reproducción social, poniendo en el centro del análisis la vida de las personas.

Redefine el concepto de economía como "la generación de recursos para satisfacer necesidades y crear condiciones para una vida digna de ser vivida" poniendo la sostenibilidad de la vida en el centro.

Este nuevo marco analítico permite replantear conceptos, proponer nuevas estadísticas, construir nuevos indicadores… Muchas de estas herramientas y metodologías han sido implementadas ya en numerosos países, siendo de gran utilidad para la elaboración de políticas públicas sin sesgo de género o para integrar una perspectiva de género en los presupuestos públicos, por ejemplo. Entre ellas, destacan las encuestas de uso del tiempo que desde hace varias décadas han proporcionado información sobre la forma en que las personas usan el tiempo, aportando datos sobre el desigual reparto del trabajo total (remunerado y no remunerado) entre mujeres y hombres, y que han permitido calcular, a través de las llamadas cuentas satélite, el valor económico que el tiempo de trabajo no remunerado aporta al PIB de los países.

A partir de los resultados obtenidos, algunas corrientes de la economía feminista apuestan por el reparto equitativo del trabajo remunerado y no remunerado, de manera que la asunción de responsabilidad de la vida sea más justa, y por políticas de conciliación y corresponsabilidad.

Otras corrientes sugieren medidas más rupturistas y apuestan por un cambio de modelo que ponga la vida en el centro, ya que consideran que el actual, en lugar de centrar el objetivo en el bienestar de las personas emplea a estas como medio para un fin distinto, la acumulación de capital.

La economía feminista no está sola; el mainstream económico parece estar volviéndose más pluralista tendiendo hacia una economía más humana. Economistas de la talla de Stigliz, Sen y Fitoussi, en el llamado Informe Sarkozy, por ejemplo abogan por pasar del crecimiento y estado de bienestar (welfare) hacia un concepto más amplio de bienestar humano o de buen-vivir (wellbeing). La economía feminista tiene que dialogar con otras corrientes de pensamiento para entre todas superar los supuestos de la economía ortodoxa que no se adaptan a la realidad y lograr un sistema económico más justo al servicio de las personas.