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La crisis de la socialdemocracia

23/02/2018
En toda Europa se debate sobre la crisis de la socialdemocracia. Dado que varios de estos tradicionalmente fuertes partidos han sido casi barridos en alguna convocatoria electoral o de manera permanente, ello no debería sorprender a nadie. Aunque la situación no es tan dramática en Noruega/Escandinavia, la crisis también se debate aquí. Después de todo, durante las dos últimas décadas el Partido Laborista noruego ha tenido dos de sus peores resultados electorales (2001 y 2017) desde los años 20.

Asbjorn WahlAsbjørn Wahl, sindicalista noruego (este artículo ha sido publicado en Social Europe)

Además, existe la sensación, al menos en amplios sectores del movimiento sindical, de que el Partido Laborista estropeó la que debería haber sido una victoria fácil en las elecciones parlamentarias del año pasado precisamente por circunstancias que bien pueden ser interpretadas como un escenario de crisis.

Sin duda, en el ámbito internacional la socialdemocracia atraviesa una profunda crisis, aunque las condiciones son muy diferentes en cada país. Solo en los últimos años varios partidos socialdemócratas han obtenido resultados electorales de solo un dígito (Grecia, Irlanda, Islandia, Países Bajos, Francia), mientras que otros han experimentado grandes retrocesos. En Noruega, no se trata del caso de abuso sexual de su vice Trond Giske, ni del origen de clase del líder Jonas Gahr Store, ni del ejército de burócratas que cada vez más han asumido el rol de actores políticos en el partido. Estos casos pueden entenderse como síntomas de la crisis del partido, pero nada más. Si queremos comprender de verdad la crisis del Partido Laborista, o más en general, de la socialdemocracia, tendremos que profundizar un poco más en la cuestión. Una reflexión histórica puede resultar útil.

El pacto histórico entre el trabajo y el capital era resultado de luchas de clase globales que alteraron el equilibrio de fuerzas en favor del trabajo. Los empleadores consideraban este pacto como un paso táctico a fin de moderar y contrarrestar el radicalismo de un movimiento sindical fuerte y creciente

Resulta muy difícil comprender el rol en otro tiempo dominante y la actual crisis de la socialdemocracia en gran parte de Europa sin analizar el cambio de la confrontación a la concertación en la relación entre el movimiento sindical y obrero y las fuerzas patronales/de derechas. El pacto histórico entre el trabajo y el capital era resultado de luchas de clase globales que alteraron el equilibrio de fuerzas en favor del trabajo. Los empleadores consideraban este pacto como un paso táctico a fin de moderar y contrarrestar el radicalismo de un movimiento sindical fuerte y creciente. En Noruega se institucionalizó en 1935 mediante el primer Acuerdo Colectivo Básico entre la Confederación Sindical Noruega (LO) y la Asociación de Empleadores de Noruega. Ese mismo año el Partido Laborista, con el apoyo del Partido Agrario, llegó al poder por primera vez. Estos fueron acontecimientos decisivos para la evolución política en Noruega.

El pacto de clase no solo contribuyó al progreso social, sino que tuvo efectos inesperados. El rol fundamental del Partido Laborista a la hora de llevar a cabo el pacato transformó la organización del partido y su política. Esto implicó la desradicalización del partido, que entre otras cuestiones adoptó una ideología de concertación social

Ese pacto, así como en la depresión de los años 30, la derrota del fascismo en la II Guerra Mundial y la existencia de otro sistema económico en el Este, pusieron las bases de la edad dorada de la socialdemocracia. Fue un pacto real, por el que los empresarios finalmente tuvieron que realizar una serie de concesiones al movimiento sindical y obrero, incluida la aceptación de una importante intervención política en el mercado. Por tanto, se pusieron las bases de un gran progreso social para la clase trabajadora. Se desarrolló el estado de bienestar. Así surgió el modelo noruego, o nórdico.

Desde su fundación en 1887 hasta el pacto de clase de 1935, el Partido Laborista se había presentado como un partido por la justicia social, con el socialismo como objetivo a largo plazo. Dejando a un lado el constante desacuerdo en la izquierda acerca de la estrategia y táctica de la socialdemocracia, el laborismo emergió como una organización de masas real para la clase trabajadora. Sin embargo, el pacto de clase no solo contribuyó al progreso social, sino que tuvo efectos inesperados. El rol fundamental del Partido Laborista a la hora de llevar a cabo el pacato transformó la organización del partido y su política. Esto implicó la desradicalización del partido, que entre otras cuestiones adoptó una ideología de concertación social. En breve, el partido se transformó; pasó a ser de organización de masas para la gente trabajadora a administrador del pacto de clase. Es ahí donde está el germen de la actual crisis de la socialdemocracia.

El denominado “modelo noruego” es fruto de la ideología de concertación social. Pocas voces discrepan que este modelo social se desarrolló basándose en el pacto. Pero otra cuestión muy diferente es cómo debería entenderse este modelo. Aunque había sido resultado de una evolución histórica muy específica en la pugna entre trabajo y capital, en la concepción del Partido Laborista fue desligándose gradualmente de este conflicto de intereses fundamental. Para los patronos, el pacto de clase era un movimiento táctico para minar un movimiento obrero fuerte y de orientación socialista. Para la socialdemocracia, sin embargo, parecía una forma más elevada de razón, un sentido colectivo basado en el hecho de que “también los empleadores entendían que la cooperación les interesaba, en lugar del conflicto” (como reiteran socialdemócratas noruegos).

A partir de esta ideología, la socialdemocracia desarrolló una concepción global de la sociedad en la que la economía (el capitalismo) podía ser dirigido mediante la regulación política e intervención en el mercado (keynesianismo). De esta manera se podría crear un capitalismo regulado y libre de crisis, mientras que el desempleo masivo, la pobreza y la miseria, tal como se vivieron en los años 30, no serían más que un recuerdo. La propia lucha de clases se moderaba, y quedaba reducida en muchos sentidos a una rivalidad institucionalizada, colegial como la negociación colectiva bienal.

Toda esta concepción se puso a prueba cuando el capitalismo volvió a entrar en crisis en los años 70. La crisis del petróleo, la crisis monetaria, la crisis de materias primas -y finalmente, una crisis económica a gran escala- pusieron punto final al periodo de crecimiento económico y estabilidad de la posguerra. La política socialdemócrata de regulación e intervención en los mercados había dejado de funcionar. El estancamiento y la inflación crecieron en paralelo (estanflación) y el desempleo aumentó. Una crisis así se contraponía a la teoría social e ideología predominante del Partido Laborista. Lo mismo ocurrió con las reacciones de la patronal y la derecha política, cuando la “razón colectiva” dio paso a una ofensiva cada vez más feroz contra los sindicatos y el estado de bienestar. El neoliberalismo, y no el pacto de clase y las soluciones acordadas, se convirtió en la respuesta a la crisis por parte de los empresarios y de la derecha. En otras palabras, la ofensiva pilló desprevenido al movimiento laborista, orientado al consenso.

La transformación de la socialdemocracia de organización de masas para los trabajadores y trabajadoras en gestora del pacto de clase les imposibilitó hacer frente a los ataques. La respuesta fue la sumisión a la ofensiva neoliberal. Gradualmente, los partidos socialdemócratas adoptaron partes cada vez mayores de la agenda neoliberal: privatizaciones, desregulación y reestructuración del sector público para dar paso a modelos mercantilistas de gestión y organización pública inspirados en la Nueva Gestión Pública. Esto hizo que el neoliberalismo se reforzara aún más en el Partido Laborista, como importante parte de la capa burocrática estatal que llevó a cabo esta transformación, y que acabaron siendo directores con buenos salarios, con fuertes intereses particulares, pertenecían al partido. Por ello, la base social del partido había cambiado, lo que dificulta mucho cualquier viraje o cambio de dirección.

De hecho, no es tarea fácil cambiar una organización política. Hay implicados fuertes intereses sociales, económicos y políticos, además de ganas de hacer carrera, por supuesto, tal como podemos ver hoy a la luz de numerosos casos.

Sin embargo, la socialdemocracia no es la única que se encuentra en un momento complicado. Las dos fuerzas principales del panorama político europeo de posguerra están atravesando formidables problemas y fuertes turbulencias políticas. En muchos países europeos predominaba la pugna entre socialdemócratas y los denominados partidos conservadores “responsables”, y con frecuencia se alternaban. Ambas líneas estaban ligadas a pactos de clase de forma diferente, y esos pactos caracterizaban sus políticas. Hoy, no obstante, ese pacto histórico se ha roto casi por completo, aunque el proceso es más lento en los países nórdicos.

Por ello, no solo estamos viviendo la crisis de la socialdemocracia, sino la del modelo europeo de posguerra basado en la concertación. En la primera fase de esta crisis política emergieron partidos de extrema derecha: El Front National en Francia, los denominados “partidos de la libertad” en Austria y los Países Bajos, y el Partido del Progreso en Noruega. La falta de alternativas por parte de los partidos socialdemócratas e izquierdistas significa que deben asumir su cuota de responsabilidad en esta evolución. No tuvieron una política para hacer frente a los ataques neoliberales contra las conquistas sociales obtenidas gracias al estado del bienestar. Sin embargo, en los últimos años hemos visto que empiezan a crecer nuevas alternativas políticas también en la izquierda (Syriza en Grecia, Podemos en España, Momentum en el Reino Unido, y el recién fundado Poder para el Pueblo en Italia). Estas son iniciativas jóvenes e incompletas, que pueden fracasar (como Syriza) o tener éxito, pero en cualquier caso se desarrollarán a través de sus luchas y experiencias, victorias y derrotas.

No parece que el Partido Laborista sea capaz de transformarse en la fuerza de liberación que necesitamos en la situación actual. La base social para una renovación radical es demasiado débil y las barreras organizacionales, demasiado sólidas. También es cuestión de qué significa reconstruir la socialdemocracia. Hay que ir más allá de la tesis de un ideólogo del partido noruego de que “socialismo es la política que el Partido Laborista sigue en cualquier momento”. A medida que los problemas sociales se agravan y cada vez más personas se sienten inseguras y vulnerables, cualquier partido de izquierda deberá tener alternativas, visiones y soluciones más radicales; algo que dista mucho del centro o de la derecha política.

A falta de alternativas reales, los partidos del orden socialdemócrata existente seguirán ganando elecciones sin necesidad de grandes cambios, cuando sus votantes frustrados cambien de una opción política a otra al darse cuenta de que las promesas electorales se han incumplido. Sería raro que esto supusiera alivio para los y las líderes de los partidos socialdemócratas contemporáneos afectados por la crisis. Un número cada vez mayor de trabajadores-as y jóvenes, en particular, han empezado a reclamar soluciones más radicales.

O, como dice la famosa frase de Gramsci: “La crisis consiste precisamente en que lo viejo está muriendo y lo nuevo no acaba de nacer; en este interregno aparece una gran variedad de síntomas de enfermedad”.