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Elogio de los sindicatos

28/04/2015
En un estudio publicado en marzo pasado, dos economistas que salieron de ese templo del neoliberalismo constatan “la existencia de una relación entre la baja de la tasa de sindicalización y el aumento de la parte de las rentas más elevadas en los países avanzados durante el período 1980-2010”. ¿Cómo explican esa relación?

Serge Halimi, Le Monde Diplomatique abril 2015

Si todos dicen estar preocupados por el aumento cada vez mayor de las desigualdades, ¿cómo es que este análisis del Fondo Monetario Internacional (FMI) pasó tan inadvertido? ¿Por sus conclusiones? En un estudio publicado en marzo pasado, dos economistas que salieron de ese templo del neoliberalismo constatan “la existencia de una relación entre la baja de la tasa de sindicalización y el aumento de la parte de las rentas más elevadas en los países avanzados durante el período 1980-2010”. ¿Cómo explican esa relación? “Al reducir la influencia de los empleados en las decisiones de las empresas”, el debilitamiento de los sindicatos permitió “aumentar la parte de las rentas constituidas por las remuneraciones de la alta dirección y de los accionistas”.

Según estos expertos del FMI, “alrededor de la mitad” de la profundización de las desigualdades que los liberales prefieren tradicionalmente atribuirles a factores impersonales (globalización, tecnologías, etc.) se desprendería del deterioro de las organizaciones de empleados. ¿De qué nos sorprendemos? Cuando el sindicalismo se borra, todo se degrada, se desplaza. Punto de apoyo histórico de la mayor parte de las avanzadas emancipadoras, su anemia no hace más que alimentar el apetito de los dueños del capital. Y su ausencia deja libre un lugar que ocupan enseguida la extrema derecha y el integrismo religioso, uno y otro dedicados a dividir grupos sociales cuyo interés sería el de mostrarse solidarios.

La supresión del sindicalismo no es causa ni del azar ni de la fatalidad. En abril de 1947, momento en el que Occidente se preparaba para conocer treinta años de prosperidad un poco mejor distribuida, Friedrich Hayek, un pensador liberal que marcó su siglo, trazó el itinerario de sus amigos políticos: “Si queremos mantener la mínima esperanza de volver a una economía de libertad, la cuestión de la restricción del poder sindical es una de las más importantes”. En ese momento Hayek predicaba en el desierto, pero cincuenta años más tarde, gracias a la intervención directa –y brutal– de dos de sus admiradores, Ronald Reagan y Margaret Thatcher, durante decisivos conflictos laborales (los controladores aéreos estadounidenses en 1981, los mineros británicos en 1984-1985), el “poder sindical” entregó el alma. Entre 1979 y 1999, la cantidad de huelgas en las que participaron al menos mil empleados pasaron en Estados Unidos de doscientas treinta y cinco a diecisiete; la de días de trabajo “perdidos”, de veinte millones a dos millones. Y la parte del salario en la renta nacional retrocedió… En 2007, apenas elegido presidente de la República francesa, Nicolas Sarkozy hizo votar una ley que restringió el derecho de huelga en los servicios públicos. Al año siguiente, se regodeaba como un muchacho alegre: “Ahora cuando hay una huelga en Francia nadie se da cuenta”.

Con una buena lógica, el estudio del FMI debería haber concluido con la urgencia social y política de reforzar los sindicatos. Pero en cambio estima que “todavía queda por determinar si el crecimiento de las desigualdades debido al debilitamiento de los sindicatos es bueno o malo para la sociedad”. Los que ya tienen una pequeña idea de la respuesta sacarán sin esfuerzo la conclusión que se impone.