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El imaginario managerial: el discurso de la fluidez en la sociedad económica

22/11/2018
"Se requiere, así, una producción flexible, y para que esta flexibilidad sea completa, es necesaria la desregulación de los vínculos y seguridades institucionales para incrementar la competencia. Frente a la desmotivación, el absentismo, el turnover y la resistencia obrera creciente, el management del cambio de los ochenta propuso una transformación radical, basada en fomentar la participación sociotécnica (y no política) de todas las personas de la organización, anulando las viejas lealtades colectivas (sindicales) y estatales."

Carlos J. FernandezLuis E. Alonso y Carlos J. Férnandez, Universidad Autónoma de Madrid (estas son las conclusiones de un artículo publicado en Política y Sociedad, 2006, Vol. 43 Núm. 2)

El imaginario del management se ha ido transformado notablemente, reaccionando por lo general a situaciones en que la tasa de rentabilidad tiende a entrar en crisis. Cuando el capitalismo de emprendedores generó problemas al no poder abastecer los mercados, nacieron los sistemas de producción en serie: se descualifica el trabajo, se vigila y controla, y se diseñan técnicamente sus tareas. En el marco de las relaciones laborales se busca una cooperación que permita legitimar las nuevas condiciones de organización del trabajo. Ese control y concertación se extienden a otras instituciones sociales: nace el pacto social keynesiano, la gran corporación, la tecnocracia; se desarrolla una norma de consumo de masas y parece que las sociedades capitalistas se dirigen hacia un automatismo social: todo está calculado, programado (Naville, 1985). El imaginario está repleto de jerarquías, instrumentos de control, celdas, barreras entre tareas, planos, esquemas, etc. Hasta los años setenta, las tasas de crecimiento económico fueron muy elevadas: era un sistema en el que se gestionaba, técnicamente, la abundancia. De nuevo, cuando la rentabilidad del trabajo se estancaba ante —entre otras cosas— la fuerza estructural del asalariado en los modelos de organización burocrática formal, se fueron abriendo formas de management destinadas, fundamentalmente, a la informalización y diseminación de la nueva estructura de la empresa.

Detrás de estos modos semánticos están las intenciones de naturalizar un modelo de gestión fuertemente desregulado, donde los únicos que se creen con derecho a la seguridad blindada son los que prescriben inseguridad y precariedad para todos los demás

Cuando el modelo de organización taylorista y fordista entró en crisis, con una evidente caída de la productividad, se llevó a cabo una nueva reorganización del sistema. Los protocolos de producción en serie eran demasiado rígidos para satisfacer los segmentos en que se han ido fragmentando los mercados y para dar cuenta de su nuevo dinamismo global. Se requiere, así, una producción flexible, y para que esta flexibilidad sea completa, es necesaria la desregulación de los vínculos y seguridades institucionales para incrementar la competencia. Frente a la desmotivación, el absentismo, el turnover y la resistencia obrera creciente, el management del cambio de los ochenta propuso una transformación radical, basada en fomentar la participación sociotécnica (y no política) de todas las personas de la organización, anulando las viejas lealtades colectivas (sindicales) y estatales. Coherentemente con esto, en los ámbitos externos a las empresas el mercado de trabajo se liberaliza y «balcaniza»: el marco de relaciones laborales se fragmenta, flexibiliza y temporaliza al ritmo de las nuevas necesidades nominales de competencia en el mercado global. Todo ello ha venido cristalizándose en un último giro discursivo con importantes efectos: pasa a hablarse de postmodernidad, de la sociedad del riesgo, de emprendedores, y de modernidad líquida. Su imaginario contiene entonces redes, líderes y trabajadores rebeldes, tareas sin delimitación, intuiciones, metanoia, etc. El imaginario de la literatura managerial se incrusta en el desarrollo de un capitalismo socialmente desorganizado y máximamente alineado con las vías de mayor rentabilidad a corto plazo del mercado. Así, conforme la corporación y la organización del trabajo han ido evolucionando, se ha producido, de forma paralela, un importante cambio en el imaginario gerencial: de la rigidez burocrática como paradigma se ha pasado a un sistema difuso y «liberador», un nuevo management basado en significados compartidos: la cultura y los valores del nuevo ejecutivo de la sociedad red. Todo esto ha significado, a su vez, una evolución en el proceso de control: de formas de supervisión muy visibles basadas en métodos panópticos o técnicos hemos pasado a otras más sutiles, en las que se aceptan unas premisas valorativas y emocionales incuestionables (Smircich, 1983: 237). El management, así, como género sigue en su esfuerzo continuo por comprometer, de un modo a otro, a directivos y trabajadores en el proceso productivo; pero ahora el impacto de la individualización y del mercado desbocado parece que hacen innecesarios los acuerdos formales, institucionales y planificados, y sólo es la nueva mano invisible electrónica la encargada de lograr el equilibrio general. La utopía tecnológica de la inexistencia de lo social está conformando todo un discurso, cuyos efectos últimos podremos evaluar en no muchos años.

El imaginario de la literatura managerial se incrusta en el desarrollo de un capitalismo socialmente desorganizado y máximamente alineado con las vías de mayor rentabilidad a corto plazo del mercado

Todos los tópicos del imaginario managerial que arrancan en los ochenta y cristalizan en los noventa han ido en el sentido del canto a la fluidez general. La negociación ya se considera prácticamente inexistente, porque los sujetos sociales se han diluido en esa fluidificación (desintegración) de las relaciones sociales orientadas según una racionalidad legal; los valores individualizadores se invocan como nueva alianza en la gran celebración de la calidad total empresarial. De la misma manera, esta licuefacción lleva el centro simbólico al consumidor frente al trabajador, recordando que como clientes tememos derechos, pero como proveedores —productores— deberes, y que todos los eslabones de la cadena, partenaires y aliados están unidos en una misma causa. En suma, el imaginario de la empresa ha respondido también a las exigencias de la complejidad, y ha transformado las perspectivas, convirtiendo los enfoques estructurales y organizacionales en visiones de los flujos y sus circulaciones en un entorno de máxima contingencia. El partenariado es el concepto principal de la empresa postfordista: cuando ya se ha transitado por todas las metáforas, se recoge ésta procedente del universo del deporte —el patronazgo y las causas filantrópicas— para intentar separar la imagen de la gestión del universo único de la racionalidad económica. No es por azar por lo que se recurre al imaginario deportivo: el deporte es uno de los escasos universos que asocian los valores tradicionalmente opuestos de «igualdad» de oportunidades y de «competición», lo que no deja de reforzar el ideal meritocrático mercantil en el que todos pueden probar suerte, pero donde gana el mejor (y en la nueva empresa y en la sociedad red, el que gana se lo lleva todo). Con esto se evoca la idea de igualdad, de emulación y de lealtad en la asociación, y se convierte a los adversarios internos históricos en aliados potenciales. Esta semántica acogedora humaniza, y se trata de reforzar con la idea de una nobleza desinteresada (patronazgo artístico, marketing con causa, fundaciones humanitarias, etc.). En esta neolengua —como la de Orwell de 1984— con todas sus connotaciones eufemísticas y hechizadoras lo único que no puede aparecer (incluso no se puede concebir) es el conflicto social y la más tradicional y evidente relación salarial, la cual por cierto se encuentra precarizada y ultradebilitada.

Esta semántica eufemística se dirige, evidentemente, a todos los actores de la empresa y sobre todo a los sindicatos. Estos últimos, debilitados en sus efectivos sociales e ideológicamente estigmatizados, sólo encuentran un lugar digno en el discurso de la nueva empresa-red en el papel de partenaire social, convertidos en un interlocutor de los incrementos de productividad y los reajustes permanentes de plantilla. El uso del partenariado en sí mismo entierra a los sindicatos generalistas de clase, al no sugerir más que negociaciones realizadas en el marco aceptado de la finalidad de la empresa y un reformismo de sparring partner. La participación en los beneficios, los círculos de calidad y la comunicación interna habían sido algunas iniciativas destinadas a oír a los asalariados en directo y a cortocircuitar la exclusividad de la voz sindical en los años ochenta. En los noventa ya ni siquiera es necesario desposeer de su representatividad a los sindicatos (atrincherados en el sector público y en algunas ramas tradicionales), pues una suerte de patriotismo de empresa se ha convertido en el discurso político hegemónico. Por esto, los derechos del consumidor son aceptados por delante de los del trabajador. Se ha fragmentado la negociación colectiva —cada empresa negocia de manera diferente su balance entre el coste económico y el coste social—, y la amenaza del paro y la exigencia de competitividad han individualizado, radicalmente, las expectativas laborales. La nueva lengua del management no sólo concierne a los sindicatos, sino a todo el personal. Desterrando la rudeza a favor del eufemismo, los «subordinados» se vuelven «colaboradores», y el valor total de la empresa se hace depender, de ahora en adelante, de sus «trabajadores del saber», del cognitariado. El trabajador del saber es presentado como un colega, un asociado, más que un jefe (o un subordinado), y estas palabras no ilustran más que el cambio del poder de los nuevos analistas y manipuladores simbólicos en la estructura empresarial postfordista. Se trata de construir un modelo de comunicación eficiente, que pretende conseguir el advenimiento de aquello que enuncia: el nuevo poder del capitalismo tecnológico y cognitivo presentado como pensamiento único. Detrás de estos modos semánticos están las intenciones de naturalizar un modelo de gestión fuertemente desregulado, donde los únicos que se creen con derecho a la seguridad blindada son los que prescriben inseguridad y precariedad para todos los demás.