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El arte de la paz a cara descubierta

30/11/2017
La desobediencia civil implica una característica esencial: Se ejerce a cara descubierta y los/las militantes que participan en las acciones tienen, en consecuencia, la seguridad de que serán pillados en cualquier caso. En las estrategias clandestinas, violentas, armadas, el-la militante lleva capucha y puede, por tanto, esperar que no sea detenido. Lleva a cabo su acción y hace el máximo evitar que sea detenido y juzgado por esa acción.

TxetxTxetx Etcheverry, Manu Robles-Arangiz Fundazioa (artikulu hau Elkar argitaletxearen "Bake Lumak" liburutik hartu dugu)

Esta diferencia es fundamental porque, cuando se está seguro de «ser pillado en todo caso», de ser detenido y juzgado por el acto que se realiza, ello implica la obligación de que ese acto sea absolutamente asumible, tanto ante los jueces como ante la opinión pública. Es más, se debe estar convencido de que será legítimo, comprendido y apoyado por la gran mayoría. Porque este respaldo popular, o incluso mayoritario, será nuestra mejor protección ante los jueces, la represión, y ante las tentativas de criminalizar nuestra acción.

Esta característica técnica, la de ir a cara descubierta, tiene por tanto importantes consecuencias políticas y estratégicas. Ello obliga a hacer un buen análisis de la situación política, de la correlación de fuerzas existente, del estado de la opinión pública, de lo que ésta puede considerar legítimo o no, de los puntos fuertes y debilidades del adversario, de las ventanas de oportunidad que hacen posible o inútil una acción, etc.

Cuando nosotros llevamos a cabo la primera operación de desarme concreto que culminó en Louhossoa, estábamos seguros de que «nos pillarían en cualquier caso»

Si la desobediencia civil no está conectada con la realidad, si confunde los deseos con la realidad, si se construye como práctica de vanguardia voluntarista dispuesta a prescindir del apoyo popular, enseguida lo paga muy caro; rápidamente se convierte en algo impracticable.

Las claves de Louhossoa

Cuando nosotros llevamos a cabo la primera operación de desarme concreto que culminó en Louhossoa, estábamos seguros de que «nos pillarían en cualquier caso». Ciertamente en el plan B (que habíamos anticipado y preparado minuciosamente), si la policía tenía noticia de la operación y nos detenía en plena acción. Pero también en el plan A, en el caso de que la policía hubiese ignorado que preparábamos una iniciativa de este tipo y la hubiésemos podido culminar sin su intervención.

En efecto, incluso en el plan A, nosotros hicimos que nos «pillaran al final», ya que nuestra intención era anunciar públicamente, a cara descubierta, el hecho de haber neutralizado 10 cajas de armamento pertenecientes a la organización ETA y nuestra decisión de ponerlas en manos de las autoridades francesas, asumiendo todas las consecuencias políticas y jurídicas de esta iniciativa.

No buscamos suprimir la confrontación entre esas diferentes visiones y proyectos. Solo queremos que se abra por fin el tiempo de la confrontación democrática

Nuestro análisis de la situación política nos llevaba a pensar que esta acción era no solo legítima, sino susceptible de tener gran apoyo popular.

La actitud de los estados francés y español era incomprensible: impedir el desarme a una organización que lo quería hacer. Ello tenía consecuencias peligrosas: alimentaba a los sectores opuestos al final de la lucha armada; humillaba al adversario y, en consecuencia, hacía inevitables los deseos de revancha en el futuro, por no hablar de la incertidumbre de quién podía apoderarse de estos arsenales de armas y explosivos dispersos por todas partes.

La población de Iparralde, sus electos, podían comprender nuestro gesto y nuestra iniciativa con facilidad: éramos conocidos como militantes no violentos. Contrarios a la estrategia de ETA, habíamos aplaudido su decisión de poner fin a la lucha armada. Habíamos puesto por escrito la filosofía que nos movía, los objetivos que perseguíamos. No hacíamos nada más que lo que debían haber hecho los dos estados hacía ya cinco años, a partir del día en que ETA había anunciado su alto el fuego definitivo: entrar en contacto con esta organización; discutir con ella el modo de llevar a cabo un desarme digno, seguro y ordenado y, por último, contribuir prácticamente al desarme hasta que fuera total.

El trabajo realizado por Bake Bidea, la declaración de Bayona y la conferencia de París, los repetidos emplazamientos de los electos a los gobiernos para que se implicaran en el proceso de paz, nuestra pertenencia a redes militantes dinámicas, presentes no solo en Euskal Herria, sino en el conjunto del Estado francés, nos permitían aspirar a un apoyo amplio e inmediato.

Ya fuera con el plan A o el plan B, creíamos que nuestra iniciativa desencadenaría una dinámica popular, participativa, políticamente plural, que permitiría dar continuidad a nuestro primer gesto y ayudar a cumplir todos sus objetivos: culminar el desarme e impulsar a partir de ahí otras iniciativas que respondieran a las demás cuestiones de un proceso de paz justo y global.

Orain Presoak ParisEs evidente que la tradición militante de no violencia activa, de desobediencia civil, esa particular cultura, condicionó nuestro estado de ánimo en el momento en que fuimos detenidos por la policía y puestos bajo custodia. En esos momentos no teníamos ni de lejos un sentimiento de derrota, de que nuestra iniciativa hubiera sido abortada; ninguna decepción. Cuando nos pusieron bajo custodia nos decíamos que todo empezaba, y que si todo se desarrollaba como esperábamos, sería el principio de una dinámica nueva que podía mejorar mucho la situación de Euskal Herria, con vistas a una paz global y duradera / sostenible.

Significado del 8 de abril

Los acontecimientos nos dieron la razón. Louhossoa aceleró la dinámica temporal; supuso un antes y un después; modificó el juego de los dos estados, y puso en evidencia el rol positivo que la sociedad civil podía asumir en el proceso de paz.

En menos de cuatro meses la cuestión del desarme estaba resuelta de una manera que no iba a provocar heridas o humillaciones adicionales, ni más odio o voluntad de revancha. La gestión de la situación desde 2011 por parte de los dos estados hubiera podido llevar cinco años más y retrasar otro tanto la resolución de otras cuestiones pendientes, como la suerte de los presos y exiliados, el reconocimiento y el deber de verdad para con todas las víctimas, la instauración de las bases de una nueva convivencia en el País Vasco, etc.

El juego de los dos estados había cambiado y, por primera vez, se tenía la impresión de que París interpretaba su partitura en esta cuestión, dejando de actuar como recadista de Madrid. Esto hizo que se rebajase considerablemente la crispación y contribuyó claramente a que las cosas se desarrollaran de la mejor manera, en beneficio de todo el mundo.

La implicación de electos de todas las tendencias políticas, sindicalistas de todas las sensibilidades, militantes de asociaciones muy diversas, artistas y personalidades del mundo sociolaboral en la movilización por la paz que siguió a los acontecimientos de Louhossoa contribuyeron también a modificar y enriquecer el panorama. Las 20.000 personas presentes en Bayona el día del desarme, el 8 de abril de 2017, reflejaban un hecho importante: la sociedad civil había pasado de su rol de espectadora -con frecuencia desesperada- de los intentos de paz en Euskal Herria al de actriz entusiasta. Daba otra dimensión al desarme y a la paz, la de un gesto histórico realizdo en nombre del pueblo vasco. Nadie debería reivindicar esa legitimidad para justificar el retorno a la violencia. E interpelaba a ambos estados preguntándoles: "y vosotros, ahora, ¿qué pasos estáis dispuestos a dar para avanzar hacia esa paz global y duradera a la que la población de Euskal Herria emplaza?".

¿Mañana, la paz?

Lo hemos dicho repetidamente desde el primer momento: el desarme no es la paz. Queda mucho por hacer aún para poder hablar de paz y pensar que es irreversible. Tenemos que lograr de inmediato que cambien las condiciones de encarcelamiento de los centenares de presos políticos vascos y sus perspectivas de liberación. Nadie cree que la paz pueda contruirse mientras presos mueran en sus celdas -como Kepa del Hoyo, cuatro meses después del desarme- o estén condenados a pudrirse en ellas durante los próximos decenios. Teniendo en cuenta que las penas de 75 años impuestas a los responsables del GAL fueron suspendidas al cabo de solo tres o cuatro años, nadie podría ver en esa política otra cosa que injusticia y políticas de venganza, que generan tensiones y rencores irreversibles. No podemos construir una nueva convivencia en Euskal Herria sobre esas bases.

Hoy hay que decir también que la paz no es ausencia de conflicto. Es evidente que sigue existiendo diversidad de opciones y visiones sobre el presente y el futuro de Euskal Herria, de intereses de unos y otros, y que se contraponen diferentes proyectos de sociedad; eso seguirá siendo así durante mucho tiempo. No buscamos suprimir la confrontación entre esas diferentes visiones y proyectos. Solo queremos que se abra por fin el tiempo de la confrontación democrática, en un país que, entre el golpe de estado franquista y el desarme de ETA, ha atravesado 80 años de enfrentamiento armado ininterrumpido. Queremos únicamente que el arte de la paz sustituya al arte de la guerra. Y esperamos que todas las partes demuestren con hechos que esa es también su voluntad.