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Diecisiete contradicciones y el fin del capitalismo

20/05/2015
David Harvey, Diecisiete contradicciones y el fin del capitalismo, Traficantes de sueños, 2014. Este libro de David Harvey pretende comprender las contradicciones del capital como conjunto de vectores dinámicos que ordenan las fuerzas primordiales del comportamiento estructural de las sociedades capitalistas en los múltiples aspectos de su organización social, económica y política.

Contradicción 13: Reproducción social

David HarveyEn un tiempo ya pasado se podía decir razonablemente que al capital no le importaban un comino las necesidades y carencias de los trabajadores, dejando a la iniciativa e ingenio de éstos su reproducción biológica, psicológica y cultural a partir del salario mísero que les proporcionaba. Los trabajadores se sometían en su mayor parte, porque no tenían otra opción. Ésta era la situación con la que se encontró Marx, y probablemente fue por eso por lo que dejó a un lado la cuestión de la reproducción social de la fuerza de trabajo en su teorización de la economía política del capital. Pero dicho con mucha sencillez y sin entrar en honduras, si los trabajadores no se reproducen o están condenados a una muerte prematura en las minas y en las fábricas (o se suicidan debido al agobio que sufren, como viene sucediendo regularmente en las fábricas chinas) y si el fácil acceso del capital al excedente de mano de obra se ve bloqueado de algún modo, entonces tampoco se puede reproducir el capital. Marx reconoció este peligro cuando explicó claramente por qué había que poner límites a la exorbitante duración de la jornada laboral y las asesinas tasas de explotación, y que la legislación estatal sobre esta cuestión era tan importante para proteger la reproducción del capital como para proteger la vida delos trabajadores. La contradicción entre las condiciones requeridas para asegurar la reproducción social de la mano de obra y las necesarias para reproducir el capital han estado siempre presentes, aunque fuera en forma latente; pero durante los dos últimos siglos ha evolucionado hasta convertirse en una contradicción mucho mas destacada y compleja, cargada de posibilidades peligrosas y llena de manifestaciones y consecuencias de gran alcance, aunque su desarrollo geográfico sea muy desigual.

Esta contradicción cobró mayor importancia con el auge del sistema fabril y la creciente complejidad de los sistemas de producción capitalistas. Mientras que las habilidades tradicionales de los artesanos perdían importancia, el capital se interesó mucho más por la disponibilidad de una mano de obra modestamente educada, alfabetizada, flexible, disciplinada y lo bastante aquiescente como para cumplir la variedad de tareas que se le encomendaban en la era de las máquinas. La inserción de claúsulas relativas a la educación en la FactoryAct (Ley de Fábricas) inglesa en 1864 señalaba ese creciente interés del capital por las capacidades y habilidades de los trabajadores, que suponía intervenciones limitadas en la vida de éstos fuera de la fábrica. En el conjunto del capitalismo, esa preocupación por la reproducción de una fuerza de trabajo de determinada calidad coincidía en muchos lugares del mundo con un proyecto político asumido por la burguesía reformista para crear una clase obrera ≪respetable≫ que se abstuviera de los disturbios y revoluciones y sucumbiera ante las zalamerías que el capital les podía ofrecer. El desarrollo de la enseñanza pública, junto con el socialismo de ≪gas y agua corriente≫ que prevalecía políticamente en muchos países del mundo capitalista, mejoró ciertamente la suerte de los obreros con un empleo regular y lo hizo de tal modo que permitió la ampliación de la representación política (el derecho de voto y con el cierta influencia en la política pública) hasta llegar al sufragio universal.

El creciente interés por la instrucción de la mano de obra y la movilización de recursos financieros para llevar a cabo esa tarea ha sido un rasgo importante de la historia del capital, aunque tampoco era desinteresado ni se ha desarrollado sin complicaciones derivadas de la dinámica de la lucha de clases entre el capital y el trabajo, ya que lo que estaba en cuestión, como se señaló anteriormente, es qué le interesa realmente al capital que los trabajadores aprendan y qué es lo que la clase obrera realmente necesita y desea conocer. En Inglaterra y Francia, por ejemplo, el trabajador autodidacta era una espina permanente en el costado del capital, dado a ideas socialistas utópicas a menudo tremendamente subversivas en torno a posibles alternativas al modo de vida que el capital ofrecía y que se disponía a emprender acciones políticas, cuando no revolucionarias, para dar vida a alguna de ellas. La increíble proliferación de folletos y sectas sediciosas y utópicas en Francia durante las décadas de 1830 y 1840 (asociadas con nombres como los de Fourier, Saint-Simon, Proudhon, Cabet, etc.), tenía como homóloga al otro lado del canal una literatura más sobria pero también persistente sobre los derechos de los trabajadores, la necesidad de poner en pie instituciones y organismos de solidaridad como los sindicatos, y diversos modos de agitación y organización política (cartismo), que contaban con un apoyo al menos parcial de pensadores y practicantes utópicos como Robert Owen. Si eso era lo que iba a aportar la educación de la clase obrera, entonces el capital no la quería en absoluto.

Pero frente a la persistente búsqueda de autoemancipación por parte de al menos un sector influyente de la clase obrera, el capital tuvo que inventar algo para sustituirla. Como decía Mr. Dombey en Dombey and Son, de Charles Dickens, el no tenía nada que objetar a la educación pública con tal que enseñara al trabajador su lugar en la sociedad. En cuanto a Marx, aunque criticó gran parte de la literatura socialista utópica, la estudió a fondo y trató por su parte de crear un campo de conocimientos anticapitalistas que sirviera como fuente de ideas para la agitación de ese tipo. ¡No permitiera Dios que los trabajadores leyeran aquellos materiales!

Aunque la educación publica ha hecho mucho por satisfacer la demanda del capital de conformismo ideológico combinado con el ejercicio de habilidades adecuadas al estado de la división del trabajo, no ha erradicado el conflicto subyacente, lo que se debe en parte a la intromisión del Estado para intentar forjar una identidad y una solidaridad nacionales por encima de las clases, enfrentada a la querencia del capital por cierto tipo de individualismo cosmopolita desenraizado que deberían asumir tanto los capitalistas como los trabajadores. Ninguna de esas contradicciones del contenido de la educación publica puede resolverse fácilmente, pero eso no resta valor al hecho simple de que la inversión en educación y formación es una condición sine qua non para mejorar la competitividad del capital. Una gigantesca inversión en educación ha sido, por ejemplo, un rasgo distintivo del reciente desarrollo de China, como lo fue antes en Singapur y otros Estados de Asia oriental; y fue asi porque la rentabilidad del capital se basa cada vez mas en la creciente productividad de una mano de obra muy cualificada.

Como sucede tan a menudo en la historia del capital, la educación acabo convirtiéndose también en un ≪gran negocio

Pero como sucede tan a menudo en la historia del capital, la educación acabo convirtiéndose también en un ≪gran negocio≫. Las asombrosas incursiones de la privatización y el pago de tasas en lo que había sido tradicionalmente una enseñanza pública y gratuita han impuesto cargas financieras a la población al hacer que los deseosos de dar educación a sus hijos tengan que pagar por ese aspecto clave de la producción social. Las consecuencias de crear una fuerza de trabajo instruida pero fuertemente endeudada pueden tardar mucho en revelarse, pero a tenor de las batallas callejeras entre estudiantes y policías en Santiago de Chile desde 2006 hasta el día de hoy, provocadas por la cara privatización de la enseñanza superior, esto también será probablemente una fuente de descontento y conflicto allí donde se intente poner en práctica.

La creación de una fuerza de trabajo altamente productiva dio lugar a la teoría del llamado ≪capital humano≫, que es una de las ideas económicas vigentes más disparatadas que cupiera imaginar.

La creación de una fuerza de trabajo altamente productiva dio lugar a la teoría del llamado ≪capital humano≫, que es una de las ideas económicas vigentes más disparatadas que cupiera imaginar. Encontró su primera expresión en los escritos de Adam Smith. Tal como él argumentaba, la adquisición de talentos productivos por parte de los trabajadores ≪mediante la educación, el estudio o el aprendizaje, supone siempre un gasto real, destinado a la preparación del sujeto que los adquiere, y viene a ser como un capital fijo y realizado, por decirlo así, en su persona. Así como esos talentos forman parte del patrimonio del individuo, de igual suerte integran el de la sociedad a la cual aquél pertenece. La destreza perfeccionada de un operario se puede considerar bajo el mismo aspecto que una maquina o instrumento productivo, que facilita y abrevia el trabajo y que, aunque ocasiona algunos gastos, los retorna acompañados de un beneficio≫. La cuestión, por supuesto, es quién paga la factura por la creación de tales talentos -los trabajadores, el Estado, los capitalistas o alguna institución de la sociedad civil (como la Iglesia)- y quién obtiene los beneficios (o el lucro en palabras de Adam Smith).

Evidentemente, una mano de obra cualificada y bien entrenada podría esperar razonablemente un mayor nivel de remuneración que la que no lo está, pero eso no es más que un lejano eco de la idea de que un salario más alto es una especie de ganancia por la inversión que los trabajadores han hecho en su propia educación y habilidades. El problema, como señaló Karl Marx en su acerba crítica de Adam Smith, es que el trabajador sólo puede realizar el mayor valor de esas habilidades trabajando para el capital en condiciones de explotación, de forma que en definitiva es el capital y no el trabajador el que cosecha el beneficio de la mayor productividad del trabajo. En tiempos recientes, por ejemplo, la productividad de los trabajadores ha aumentado pero la proporción que se les cede de lo producido ha disminuido. En cualquier caso, si lo que el trabajador posee auténticamente en forma corpórea fuera capital —señalaba Marx—, podría tumbarse y vivir de los intereses de su capital sin trabajar un solo día (el capital, como relación de propiedad, siempre tiene a su alcance esa opción). Por lo que yo sé, la principal consecuencia de la resurrección de la teoría del capital humano, realizada por Gary Becker en la década de 1960, fue enterrar la importancia de la relación de clase entre capital y trabajo y hacerla parecer como si todos fuéramos capitalistas que obtenemos distintas tasas de beneficio de nuestro capital (humano o de otro tipo). Si los trabajadores reciben salarios muy bajos, se podría entonces argumentar que eso solo refleja el hecho de que no han invertido suficiente esfuerzo en construir su capital humano, ¡y sólo sería culpa suya que se les pague tan poco!. No cabe pues sorprenderse de que las principales instituciones del capital, desde los departamentos de economía de las universidades hasta el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, abrazaran calurosamente esa ficción teórica, por razones ideológicas y no por solidas razones intelectuales. Esas mismas instituciones han acogido más recientemente de modo parecido la maravillosa ficción de que el sector informal de la reproducción social que prevalece en muchas ciudades del mundo en vías de desarrollo es de hecho una bullente masa de microempresas que sólo necesitan cierta dosis de microfinanciación (con tasas de interés usurarias que se embolsan al final las principales instituciones financieras) para convertirse en miembros de pleno derecho de la clase capitalista.

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