Usted está aquí: Inicio Artículos De la disciplina al Coaching

De la disciplina al Coaching

31/03/2016
En varias empresas están llevando a cabo una nueva gestión de los RRHH, basada en la apariencia de no tener jefe, en potenciar la autonomía y la creatividad de los trabajadores y las trabajadoras para alejarlos lo más posible de pensar que están en un empleo. En Google, pero no solo, los trabajadores tienen a su disposición salas con sillones que dan masajes, una máquina con comida dietética, etc. Esto sucede porque así son más productivos y lo dan todo, su vida e ilusiones.

Jorge MorunoEste es un extracto del libro de Jorge Moruno "La fábrica del emprendedor. Trabajo y política en la empresa-mundo". 2015, Editorial Akal (páginas 74-78)

El libro lo tenemos en la biblioteca de la Fundación si lo quieres.

«No hay nada más importante en la gestión empresarial como el saber motivar a la gente. Una motivación vale por diez amenazas, dos presiones y seis memorandos.» Esto afirmaba Lee Tacocca, responsable de la creación del Ford Mustang y de las Minivans de Chrysler. La progresiva desaparición del jefe autoritario y la emergencia de nuevos modelos de liderazgo empresarial no significan, como se quiere hacer entender, la desaparición de relaciones de explotación; es más, en términos de extracción de plusvalor, se incrementan más que otrora. El jefe puede dejar de ser una persona concreta y convertirse en sentido común que sobrevuela nuestras vidas, fuera y dentro del empleo, cuando te vas de fiesta, cuando te diviertes, cuando vas en el metro; también seguimos sometidos a una lógica imperante de la que no te escapas por no tener jefe. El jefe es un proceso que te pide objetivos, no un patrón que te dice que hagas algo; el tirano se desvanece para que seas tú mismo y lo incorpores como propio: no se trata de horas, sino de resultados, y ahí la jornada laboral importa menos, lo que importa es que las cosas salgan. Eso supone que te responsabilices autónomamente y que aumente el grado de servilismo con respecto al ritmo que impone el capitalismo. Si antes la relación del trabajo funcionaba bajo el apotegma de Rosa Luxemburgo, quien no se mueve, no siente las cadenas, ahora quizá describen mejor la realidad posdisciplinaria las palabras de Bob Marley, cuando en la canción Concrete Jungle incide en que no hay cadenas a mi alrededor, pero no soy libre. [...]

La progresiva desaparición del jefe autoritario y la emergencia de nuevos modelos de liderazgo empresarial no significan, como se quiere hacer entender, la desaparición de relaciones de explotación; es más, en términos de extracción de plusvalor, se incrementan más que otrora

La empresa, como comunidad de sentido, ya no es el lugar donde vas a trabajar, sino el lugar que te permite trabajar y embarcarte en una familia que comparte objetivos sin fisuras entre sus componentes. Así que la empresa acoge brindando la oportunidad de éxito individual y otorgando la posibilidad de ser parte de algo más grande y llevarlo con orgullo patrio. La empresa es la vía hacia una felicidad que se construye sobre la base de la ausencia de crítica y reflexión, enfocada desde la postura de quien acepta lo que hay, lo existente, como si fuera una realidad no construida por personas, por relaciones de poder y resistencia, sino que ve en la realidad algo a lo que obedecer y nunca cuestionar. Como mucho, el trabajo debe aprender a moverse en los entresijos de lo que es la vida, pero sin poder pensar en otra forma de concebir esa misma vida. De esta forma, la empresa somos todos, pero la empresa no es de todos; todos para uno y uno para ninguno. Así funciona la ficción de la unidad y la comunidad en la empresa que omite cualquier aspecto conflictivo, aportando un toque de realidad material a un sentimiento cuya razón de ser es, casualmente, impedir que ese sentimiento se construya bajo otros postulados e intenciones.

Pero al mismo tiempo que se difunde esta percepción, se certifica todo lo contrario en sus efectos, no solo porque se estira la capacidad orgánica de los trabajadores que mimetizan su vida con la empresa, sino porque tanto la relación mantenida dentro de la empresa como la relación con las empresas están sujetas a la incertidumbre e inseguridad. El contrato Zero hours, impulsado en el Reino Unido, cristaliza esta disonancia surgida entre darlo todo por la empresa y no esperar nada de ella. Un contrato que establece un máximo de disponibilidad por parte del trabajador hacia la empresa, pero que no garantiza un ingreso medianamente estable al trabajador. A lo largo de la semana, la obligación del trabajador es estar atento por si la empresa requiere de sus servicios durante un tiempo limitado, pero esta puede prescindir de ellos y, por lo tanto, del pago de salario cuando las necesidades no lo demandan. Nos encontramos a una persona atrapada y dependiente de una empresa que no le asegura el ingreso necesario para vivir con dignidad, pero esto no es óbice para que el tiempo general del trabajador siga sujeto al tiempo empresarial de la competitividad. Un servidor estuvo trabajando durante un año en el Teatre del Liceu de Barcelona contratado por una ETT y, junto con otros tres compañeros, me encargaba del traslado y la colocación de los instrumentos en el escenario para cada ópera que ofrecía el Liceu. En España no existe la modalidad jurídica del Zero hours contract, pero de facto se puede afirmar que se aplica desde hace tiempo.

Se certifica todo lo contrario en sus efectos, no solo porque se estira la capacidad orgánica de los trabajadores que mimetizan su vida con la empresa, sino porque tanto la relación mantenida dentro de la empresa como la relación con las empresas están sujetas a la incertidumbre e inseguridad

En mi caso concreto, la relación laboral se establecía de la siguiente manera: se pagaba por paquete de horas, esto es, cada vez que tenías que ir al teatro contaba como tres horas independientemente de que se trabajaran las tres horas completas o 20 minutos. En un día te podían llamar dos veces y trabajar 20 minutos en cada una de las veces, o podía pasar una semana sin que te llamasen. A veces hacían falta dos personas; otras, tres, y otras, cuatro, por lo que el último era siempre el que menos veces iba y, por lo tanto, el que menos cobraba. En ocasiones, te llamaban con media hora de antelación y tenías que presentarte, pero nunca sabías, a una semana vista, cuántas veces ibas a tener que trabajar; si faltabas a las llamadas, prescindían de ti, y la ETT se encargaba de poner a otra persona en tu lugar. La ausencia de planificación impide que puedas hacer planes para esa misma tarde porque a lo mejor te toca ir a trabajar. En el caso de otra persona, me contaba cómo en su trabajo de camarero que compaginaba con otros trabajos también de camarero —todos en negro, por supuesto—, habían incorporado el grupo de WhatsApp como mecanismo de control y de contacto a tiempo real con el trabajador. Un mensaje al WhatsApp para indicar que esa tarde le toca trabajar y, si por casualidad no podía, llamaban a otro. Fomentar una idea de comunidad dentro de esta peculiar secuencia que sincroniza los tiempos de vida y de empleo no te otorga ninguna seguridad, y genera una mayor relación de servidumbre con la empresa ante el miedo a perder el empleo. Por otra parte, aumenta la sensación de soledad y desarraigo de cualquier cultura colectiva que pueda aunarse ante y contra semejante panorama. [...]

La precariedad como cara amarga de la flexibilidad. Richard Sennet utiliza la figura del artesano como ejemplo de quien hace algo más allá de lo justo y suficiente, e indaga con arte y ganas sobre aquello en lo que trabaja; para ello, hace falta dominar la técnica y adquirir maestría, lo que requiere continuidad a lo largo del tiempo. El capitalismo actual borra todo rastro del artesano, cuando obliga a hacer miles de cosas al mismo tiempo y demanda la capacidad para dejar algo a medias e iniciar otra cosa sin cejar en el entusiasmo.