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Acabar con la precariedad, objetivo principal para un verdadero cambio

24/09/2015
Decir que la negociación colectiva está manga por hombro no es ninguna novedad. El ataque que estamos sufriendo los trabajadores y trabajadoras empieza –aunque no acaba ahí– desde la negociación colectiva: bajadas salariales, moderación salarial, pérdida de poder adquisitivo, aumentos de jornada, pérdida de derechos y garantías... En definitiva, que las personas trabajadoras estamos cada vez peor. No podemos olvidar, además, que el resto de recortes en materias sociales nos afectan muy directamente a nosotros y nosotras. El retroceso en el estado del bienestar, si es que alguna vez ha existido, supone un castigo añadido para la gente normal.

Joseba Villarreal, responsable de Nagociación Colectiva en ELA

Este artículo ha sido publicado en Landeia 207

A pesar de todo, la patronal no se da por satisfecha y sigue apostando por la desregulación, la moderación y la reducción salarial, el aumento de la jornada de trabajo, el abaratamiento del despido, la subcontratación masiva, la flexibilización del mercado de trabajo y, para asegurar que se consiguen sus objetivos, cada vez que hablan piden nuevas reformas laborales. No tienen límite, son insaciables, y lo peor es que la experiencia nos dice que es cuestión de tiempo que los gobiernos de turno se plieguen a sus deseos.

Es hora ya de atacar la precariedad en su conjunto. Ese es nuestro cáncer. No nos podemos conformar con negociar y a veces acordar convenios que, lejos de atajar la precariedad, dan continuidad a la misma

Esto es lo que nos ha tocado en época de crisis, y parece que es lo que han decidido que nos siga tocando ahora que parece que el crecimiento económico ha llegado. Élites económicas, patronales y gobiernos han decidido que también en esta fase nos siga tocando pagar a los mismos. Es una decisión que han tomado de común acuerdo y en comandita, como todas y cada una de las decisiones que adoptan todos los días.

Sabemos lo que nos tienen preparado: pretenden que nuestro destino sea la precariedad eterna, malas condiciones en la entrada al mercado de trabajo, cada vez peores condiciones mientras tenemos un puesto de trabajo, y todavía peores condiciones en la salida del mercado de trabajo, tanto en los despidos como en las jubilaciones. Digan lo que digan unos y otros, es lo que hay; lo certifican los datos y la vida real.

Landeia 207Es hora ya de atacar la precariedad en su conjunto. Ese es nuestro cáncer. No nos podemos conformar con negociar y a veces acordar convenios que, lejos de atajar la precariedad, (subcontratación, dobles escalas salariales, contratos a tiempo parcial, ETTs y empresas de servicios, falsos autónomos, salarios de miseria, discriminaciones por razón de género o edad…) dan continuidad a la misma a cambio de mejoras mínimas –en el mejor de los casos– y, salvo honrosas excepciones, para quienes mejores condiciones tenemos. Ha quedado demostrado que este camino sólo nos lleva a estar cada vez peor. El problema de la precariedad no es exclusivo de quien la padece; es la antesala de lo que pretenden para todos y todas.

Nuestro verdadero problema está en los contenidos que somos capaces de arrancar a la otra parte, no en la cobertura (muchos de los convenios firmados ni se aplican, ni tienen ninguna garantía, ni suponen ningún avance) de la negociación colectiva, que es lo que pretenden hacernos creer aquellos a quienes les va bien en esta coyuntura y sus cómplices.

Firmar convenios es fácil. El problema es ser capaces de firmar convenios que resuelvan los problemas que tenemos, que pongan límites a la reforma laboral, que atajen la precariedad y que impidan el desarrollo de la misma. Sabemos que es difícil. Para eso toman decisiones cada día, pero no hay nada imposible.

Tenemos claro que la solución a nuestros problemas no va a venir de ningún despacho, ni siquiera de un gran acuerdo político, haya cambio en diciembre o no, y mucho menos de ninguna mesa de diálogo social.

El cambio depende de nosotros y nosotras, depende de la capacidad que tengamos de organizarnos en los centros de trabajo, depende de la capacidad que tengamos para confrontar. En definitiva, depende de que seamos capaces de cambiar la correlación de fuerzas.